Mario Alfaro Alvarado
El artículo 2 de la Constitución esta-blece con mucha zalamería, que la soberanía reside en el pueblo y la ejerce a través de instituciones democráticas; que el poder político lo ejerce el pueblo por medio de representantes libremente elegidos, etc., etc. Tamaño embuste con el que tratan de adormecer la conciencia popular. La Constitución en sí misma es un temerario embuste.
Unas tres preguntas que cada quien puede contestar, ponen en evidencia este engaño constitucional. Si la soberanía reside en el pueblo ¿por qué se le niega participar en un diálogo amplio y honesto para resolver la crisis institucional que vive el país? ¿Cuáles son las instituciones democráticas, que en lugar de responderle al pueblo le responden a dos caciques que se adueñaron de ellas? ¿Los diputados que nombraron con el dedo esos dos caciques, fueron elegidos libre y legítimamente por el pueblo? En medio siglo de dictaduras los políticos domesticaron al pueblo para que concurriera a las urnas a “votar en cascada” por unos desconocidos, que una vez “elegidos” no representan al pueblo porque son empleados de los caudillos políticos.
Dijo Cicerón (106-43 a.d.C.): “El pueblo es la asamblea de la muchedumbre reunida en conformidad con el derecho y con miras al bien común”. Las muchedumbres se toman las calles para defender sus derechos y defender el bien común. La calle es tribuna desde donde se defienden los derechos populares pisoteados por la dictadura. La calle es asamblea a donde concurren las voluntades individuales para fundirse en una sola voluntad grande y poderosa. La calle es concilio donde se aprueban los métodos de lucha cívica para oponerse a la corrupción y al fraude electoral. Es hora de poner en perspectiva una constitución que sigue siendo totalitaria, que arrastra todos los vicios históricos con los que las dictaduras y las cúpulas políticas han sojuzgado y explotado al pueblo nicaragüense.
Constitucionalistas reconocidos como autoridades en el ámbito universal han consagrado el principio por el cual el pueblo es el propio poder constituyente, donde tienen su origen primigenio la Constitución y las organizaciones políticas de una nación.
El pueblo de Nicaragua debe recuperar la soberanía que nunca ha ejercido, porque demagogos y traficantes de la política se la han arrebatado y la tienen secuestrada. El pueblo es soberano y debe proclamarse así en las calles, donde tiene su tribuna, su asamblea y su concilio. El pueblo de París no pidió permiso a nadie para destruir el poder absoluto de los reyes. Igualmente, el pueblo de Nicaragua no ha de pedir permiso a nadie para desconocer y anular unas reformas constitucionales ilegales y antipatrióticas, aprobadas para perennizar la corrupción y el caudillismo. Si el pueblo quiere diálogo que se autoconvoque a un diálogo amplio, honesto y patriótico sin pedirle permiso a nadie. Si quiere referendo, que se autoconvoque con el poder soberano que le es consustancial en su propia naturaleza. Si quiere una nueva constitución, que proceda como poder constituyente que es a escoger a los mejores ciudadanos, los más honrados, los más patriotas, los más desinteresados para servirle al pueblo. La nueva constitución que Nicaragua necesita ya comenzó el pueblo a escribirla. Los puntos básicos de esa constitución están confirmados en las encuestas de opinión. En cada respuesta hay una anotación libre y directa de las aspiraciones democráticas del pueblo nicaragüense. Debe ser una constitución que nadie pueda reformar. Reformar la constitución es la génesis de todos los males que ha sufrido esta Patria. La mejor constitución no vale nada si un dictador, un caudillo o un partido político pueden reformarla cuando les convenga.
El autor es periodista.