La eucaristía a los políticos

Víctor Manuel Espinoza [email protected]

Como reguero de pólvora se expande de boca en boca entre los seglares católicos y algunos sacerdotes, que cuando un hombre público o político recibe la eucaristía a sabiendas de que está en pecado mortal, el escándalo se produce en grandes proporciones. Y el escandalizar para la Iglesia es un pecado mortal en sí mismo.

La Iglesia establece que para recibir la eucaristía se debe estar en gracia de Dios, por lo que a las adúlteras o adúlteros públicos, fornicadores, no se les puede dar la eucaristía, en algunos casos bajo reserva el sacerdote después de la misa y en privado le extiende la comunión para evitar el escándalo.

La Iglesia no rechaza al casado civil, o al que está en concubinato público, pero si solicita la comunión en público debe rechazarla el sacerdote. Recuerdo un caso que el padre (Santiago) Anitua le daba la eucaristía a un nicaragüense en Costa Rica que actualmente es miembro del PLC, pero lo hacía después de misa y en privado. El sacerdote decía que era para evitar el escándalo, para no hacer pecar a los feligreses.

El Papa Juan Pablo II en su carta encíclica “Ecclesia de eucharistía” publicada en el 2003, exhorta a los obispos, sacerdotes y laicos a cumplir la doctrina de la Iglesia que está basada en la Biblia y nos dice:

Precisamente en este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: “Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar”. Deseo por lo tanto, reiterar que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del Apóstol Pablo, al afirmar que para recibir dignamente la eucaristía, “debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal”.

La eucaristía y la penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. La eucaristía, al hacer presente el sacrificio redentor de la Cruz, perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que San Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: “En nombre de Cristo os suplicamos: ¡Reconciliaos con Dios!” (2 Co 5,20 ). Así pues si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la reconciliación para acercarse a la plena participación en el sacrificio eucarístico.

El juicio sobre el estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado tratándose de una valoración de conciencia. No obstante, en los casos de un comportamiento externo grave, abierta y establemente contrario a la norma moral, la Iglesia, en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y por respeto al sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situación de manifiesta indisposición moral se refiere la norma del Código de Derecho Canónico que no permite la admisión a la comunión eucarística a los que “obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave”.

Las personas que públicamente han cometido delitos contra la propiedad del pueblo, actos de corrupción, están en forma pública en pecado mortal, excepto si las devuelve; por lo tanto el sacerdote o el obispo no debe dar la eucaristía. De Tomás Moro se sabe que los motivos de su asesinato fueron porque obedeció los mandatos de Dios antes que los del Rey Enrique VIII.

Por su parte el Derecho Canónico señala que hay tres casos para excomulgar a un católico: 1.- Cuando una persona promueve el aborto; 2.- Por la profanación de las especies eucarísticas. 3.- Por atentar contra el Papa. En estos casos es de ipso ipso, no requiere que el sacerdote lo excomulgue. En el primer caso la excomunión se suspende sólo por el Obispo, en los otros dos casos sólo el Papa las suspende.

El autor es abogado.

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