Eduardo Enríquez
Ayer, un funcionario del Gobierno me dijo algo que me dejó helado. Le pregunté si conocía la agenda del enviado especial de Estados Unidos, Oliver Garza, y me dijo que “la conocemos a muy grandes rasgos, ya que en lo referente a esa visita, el Gobierno no está muy enterado”.
No le creí. Pero agregó: “la verdad que esa visita tiene más que ver directamente con los intereses de ellos (Estados Unidos) que con los nuestros”. Y eso fue lo que me dejó helado.
Me dejó helado porque de inmediato vino a mí el recuerdo de hace dos años, cuando vinieron una serie de altos funcionarios del Departamento de Estado, y el resultado final de esas visitas fue el aislamiento del Gobierno de Enrique Bolaños y el fortalecimiento del pacto.
En aquel entonces el “interés” de Estados Unidos era lograr a toda costa que Daniel Ortega no se siguiera fortaleciendo políticamente por su alianza táctica con Enrique Bolaños, pues lo que los americanos quieren evitar es que Ortega gane las elecciones del 2006.
En el mes de noviembre del 2003 estuvieron en Nicaragua el entonces secretario de Estado, Colin Powell y el ahora ex secretario de Estado adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, Dan Fisk. Ambos, además de su preocupación por los misiles Sam-7, traían un mensaje para Bolaños: que deshiciera el maridaje con Ortega y que buscara un acercamiento con el PLC, al que, según ellos, había que convencer de abandonar a Arnoldo Alemán, para que “los demócratas” recuperaran la Asamblea Nacional.
Para los norteamericanos tanto Alemán como Ortega “pertenecían a la historia”. Don Enrique cometió el error de ser muy sumiso ante los intereses de Estados Unidos y quedó literalmente colgado de la brocha.
Es cierto que en el 2003 Ortega se estaba beneficiando de una imagen de líder conciliador, pero al menos Bolaños estaba gobernando. Un buen Gobierno de Bolaños habría eclipsado grandemente a Ortega, y aunque más adelante la alianza Bolaños-Ortega se iba a romper inevitablemente, al menos para cuando eso sucediera, el Presidente hubiera estado más fuerte, mientras que Alemán habría quedado anulado.
En cambio, hoy Ortega es más poderoso que nunca (en los 80 tenía que compartir el poder con ocho comandantes, hoy no). Y la lucha contra la corrupción ha quedado en el olvido. Todo gracias a que, al sentirse traicionado por Bolaños, Ortega buscó a Alemán y los resultados están a la vista.
Tanto Ortega como Alemán han logrado escapar del ostracismo donde Estados Unidos ilusamente los había puesto, mientras Bolaños sigue en la Presidencia porque Dios es grande.
Ahora, no hay razón para pensar que “los intereses” de los norteamericanos han cambiado en lo que respecta a Nicaragua, o sea, eliminar los Sam-7 y evitar que Ortega gane las elecciones. Lograr ambas cosas es hoy más difícil que en noviembre del 2003 gracias a la “estrategia” de Estados Unidos y la verdad es que la política exterior norteamericana hacia estos países nunca ha sido muy efectiva.
Entonces, ¿qué viene a proponer Garza? Si de nuevo la idea es juntar a los “demócratas” aún a costa de perdonar a Alemán —vía amnistía— que se vaya por donde vino. Eso podría lograr la destrucción de los misiles e incluso evitar la victoria de Ortega, aunque lo dudo, pero dejaría el pacto y la corrupción intactos. Solucionaría los problemas de Estados Unidos, pero aquí no se trata de los problemas de ellos, sino de los nuestros.