Luis Sánchez Sancho
Los antiguos griegos, al igual que los romanos tenían dioses para todo lo bueno y lo malo de su existencia social y de sus construcciones espirituales. De modo que también tenían una divinidad alegórica (Alegoría: “Representación simbólica de ideas abstractas por medio de figuras, grupos de estas o atributos”) de la envidia, que la imaginaban como un ser horrible, con la cabeza llena de serpientes en vez de cabellos y la mirada extraviada y odiosa, como buscando a quien hacer mal.
Envidia era hija del gigante Palas y de la ninfa Estigia, a quien, por su maldad extrema los dioses superiores la convirtieron en la laguna de los infiernos (Estigia viene de Stix, que significa horror, abominación).
Pero también se dice que los padres de la Envida fueron Noche y Érebo, el dios de las tinieblas infernales. Y en este caso Envidia sería hermana de Lucha, Honor, Victoria, Fuerza y Violencia.
Los griegos como los romanos tenían la idea de que todos los dioses y los humanos sentían envidia de una u otra manera, hacia algo o alguien. Y distinguían dos clases de envidia: una, natural, que no es necesariamente dañina y que consiste en un sentimiento de pesar por el éxito y la prosperidad ajena. Esta forma de envidia deviene del deseo frustrado que siente alguien por aquello que no pudo alcanzar debido a cualquier motivo, o por algún obstáculo imposible superar. Es el caso, por ejemplo, de cuando un participante en una competencia deportiva resulta derrotado y siente envidia por el triunfo que alcanzó su oponente, con el que compitió en igualdad de condiciones.
La otra forma de envidia es la perversa, pues consiste en un deseo rencoroso, agresivo y desmesurado de tener la prosperidad de otro o los bienes ajenos, e inclusive de hacerle daño por el triunfo que alcanzó. En este caso la envidia hasta llega a convertirse en móvil de crímenes contra la propiedad ajena y las personas. Además, la envidia adquiere un carácter político cuando algunas o muchas personas conspiran contra los que gobiernan, y los derriban, pero no para establecer un gobierno mejor, más justo y progresista, sino para apoderarse de los bienes y los privilegios de los derrocados.
Cabe señalar que en la historia de la humanidad abundan los nombres de personas que se convirtieron en grandes revolucionarios, pero no porque tuvieran ideales superiores sino por resentimiento social y para apropiarse de las fortunas ajenas. Eso ha ocurrido en Nicaragua muchas veces, pero particularmente y de manera extremadamente penosa con el caso de la “piñata sandinista”.
A este respecto el autorizado tratadista jurídico Guillermo Cabanellas, advierte que la envidia se utiliza con el fin de “soliviantar” la lucha de clases, lo cual es un signo de inferioridad mental y espiritual “puesto que es el bien ajeno el que provoca el mal propio, sin excluir desgraciadas frustraciones y hasta postergaciones inicuas”. Y Víctor Hugo se preguntó y respondió a sí mismo: “¿Qué es un envidioso? Es un ingrato que detesta la luz que le alumbra y le calienta”.
A propósito de la celebración, este año, del cuarto centenario de la publicación de Don Quijote de la Mancha, cabe recordar lo que en esta obra inspiradora e imperecedera escribió don Miguel de Cervantes Saavedra: “¡Oh envidia, raíz de infinitos males, y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho amigo, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias”.