Franklin Bordas [email protected]
Nigeria encabeza la lista de los países más felices de la tierra. Esta afirmación provoca duda, pues cabe la pregunta: ¿Cómo es posible que Nigeria encabece la lista de países más pobres, y también la de los más felices?
Según los estudiosos, es un error vincular la infelicidad a la pobreza material o ausencia de riqueza. Extrañamente los nigerianos son felices según los resultados, publicados en la prestigiosa revista británica New Scientist en julio del 2004; el estudio muestra que las personas más felices no habitan los países más industrializados, sino en el hemisferio sur. A la cabeza de los países felices está Nigeria, seguida por México, Venezuela, El Salvador y Puerto Rico. Los menos felices serían los rusos, los armenios y los rumanos. Los EE.UU. figuran en el puesto 16 y Gran Bretaña en el 24.
Esta conclusión, expresa el autor del informe —lamentablemente no hace de Nigeria un nuevo Edén—, ya que el país sigue siendo uno de los más pobres del planeta. Sin embargo los resultados muestran claramente que no existe una relación directa entre la riqueza y la felicidad. Primero, porque los pueblos más felices no son los más ricos, y segundo, porque el nivel de felicidad en los países industrializados no evolucionó desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, pese al crecimiento de los ingresos de sus habitantes.
Estudios realizados por una red internacional de sociólogos, evaluó los países donde los habitantes son los más felices. Lo que estudiaron no fue la satisfacción de las personas, sino el estado de felicidad y de alegría. Un resultado que aportó el estudio fue que el deseo de poseer bienes materiales es un factor que inhibe la felicidad (happiness suppressant). Los análisis parecen conducirnos a pensar que no son necesariamente los ricos y millonarios los más felices, pero tampoco es un factor clave de la felicidad estar en la indigencia.
—Basta con existir para ser feliz, parece afirmar Martín Seligman (ex presidente de la American Psychological Association) fundador del movimiento de la psicología positiva, al decir: “Creo que mi perro lo podría resumir así: corro, persigo ardillas, luego existo”. Vivir la vida sin afanes, pareciera ser la predicación de este psicólogo, que felizmente coincide con la enseñanza de nuestro Señor Jesús en el evangelio según San Mateo cuando dice: “Por lo tanto no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes, cada día tiene ya sus propios problemas” (Mateo, 6.34).
Todo parece contribuir a la felicidad o la infelicidad. Según algunos estudios, la democracia y la libertad parecen ser ambientes muy propicios para que las personas tengan la sensación de bienestar que les permita afirmar que son muy felices o algo felices. En efecto, en los países de amplia tradición democrática hay tendencia a que la proporción que dice sentirse feliz, sea alta.
Psicología positiva, yoga, sectas, clubes, iglesias, política, bares, drogas, juegos de azar, consumismo, etc. son ventanas atractivas para ese vacío interior y angustioso que invade el espíritu. Aunque su oferta se empaqueta como terapia, obviamente sus consecuencias no son la felicidad. “Muchos seres humanos están en condiciones de afirmar: La felicidad existe; yo la he encontrado. El encuentro es sin duda, fugaz; pero no por ello es menos prueba de que la felicidad es posible y accesible”, afirma Albert Jacquard, en su libro Pequeña filosofía para no filósofos.
La felicidad que A. Jacquard presenta sin embargo, no tiene más asidero que la fugacidad de las emociones. Los ciudadanos cristianos del mundo viven un modelo distinto de felicidad. Para los cristianos la felicidad auténtica sólo es posible mediante una relación con Cristo Jesús. Esto es sorprendente para los científicos sociales no cristianos, porque la base de esta felicidad es la fe, como lo expresa el libro de Romanos : “Y sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden para bien, a los que le aman” (cap. 8.28).
El autor es escritor.