Marcela Sánchezwashingtonpost.com
En 1989, economistas en Norte y Suramérica desarrollaron una fórmula para rescatar a América Latina de la “década perdida” de los ochenta. En ese momento, una tremenda crisis de deuda externa junto con tasas inflacionarias de tres dígitos o más, habían lanzado en picada los estándares de vida en la región a niveles de los setenta. La fórmula, una serie de reformas pro mercado, llegó a conocerse como el “Consenso de Washington”.
Durante los noventa, impulsados por las instituciones financieras internacionales con sede en esta ciudad, políticos latinoamericanos empezaron a adoptar diligentemente las reformas: liberalización de regulaciones al sector privado, reducción de barreras comerciales, privatización de industrias públicas y adopción de programas de austeridad para reducir el déficit y la inflación.
Pero ¿surtió efecto el Consenso de Washington? No exactamente.
La inflación está bajo control y ha alcanzado tasas inferiores al 10 por ciento en cinco de los últimos seis años. La economía de América Latina empezó a crecer —el año pasado fue del 5.7 por ciento, más del doble que el de la Unión Europea o Japón—. Pero el crecimiento económico escasamente se ha mantenido al mismo nivel del crecimiento de la población. De hecho, en América Latina hay ahora más pobres que hace ocho años. El ingreso per cápita que hace 50 años era superior al de España, Portugal, y casi todos los países de Europa Oriental y Asia Oriental, es ahora inferior. Chile, el gran éxito de la región, era casi dos veces más rico que Corea del Sur en 1980. Ahora es casi tres veces más pobre.
Es claro que la situación en América Latina no es lo que los reformistas esperaban que fuera. Pero ¿qué dirección tomar ahora? No todos dan la misma respuesta. De hecho, 15 años después del Consenso de Washington hay muy poco consenso sobre los pasos a seguir.
Enrique Iglesias, el presidente por 17 años del Banco Interamericano de Desarrollo y uno de los expertos de América Latina más respetados en esta ciudad, argumenta que los gobiernos de la región son sencillamente demasiado débiles. Además, sostiene, fueron las reformas económicas del Consenso de Washington las que contribuyeron a debilitarlos.
En Bolivia, por ejemplo, una población enfurecida con las reformas inspiradas por el Consenso de Washington ha derrocado a dos presidentes en los últimos dos años. Encuestas recientes en la prensa boliviana muestran que casi el 70 por ciento de los bolivianos quiere renacionalizar su industria petrolífera que ha estado fundamentalmente en manos de multinacionales desde los noventa.
Ese es el ejemplo más obvio, pero en otros lugares las democracias y las instituciones deben fortalecerse y debe haber un “Estado mejor”. De lo contrario, Iglesias teme que los modestos avances económicos no llegarán para quedarse. Brasil, por ejemplo, está enredado en un escándalo de corrupción que algunos dicen tipifica la debilidad de las instituciones democráticas en América Latina y asusta a los inversionistas extranjeros.
Aunque Iglesias y un creciente número de observadores afirman que el Estado es demasiado débil, otros dicen que el problema es más económico que político y que el Consenso de Washington no fue suficientemente lejos. Esta semana, la organización Diálogo Interamericano, uno de los foros más destacados sobre política hacia América Latina en Washington, emitió un informe que concluye que es necesario enfocarse más estrictamente en lo económico.
El informe afirma que sin progreso económico hay poca esperanza de que, incluso, el más fuerte de los gobiernos pueda lograr los cambios fundamentales que se requieren ahora. Entre dichos cambios cruciales figura la necesidad de acrecentar las exportaciones y la inversión externa, aumentar los ahorros y la recolección de impuestos, invertir más en educación e infraestructura y responder directamente a la persistente desigualdad.
Para Peter Hakim, presidente de Diálogo Interamericano, un estado débil no es necesariamente un obstáculo para poner en práctica ninguna de esas medidas económicas. El ex economista del Banco Mundial John Williamson está de acuerdo. India, por ejemplo, “no tuvo ningún avance súbito en el frente político”, dijo, pero aun así ha visto casi triplicar su economía desde comienzos de los noventa.
Por otra parte, dijo Hakim, escuchar a economistas decir que el problema es político es “un tanto tautológico”. Es casi una forma muy conveniente de lavarse las manos. “Muchas de las decisiones sobre las que nos quejamos son decisiones de política económica”, agregó. “Y muchas de ellas fueron propuestas por economistas y (de esa forma) los economistas hacen parte de la ecuación política”.
Un futuro mejor para América Latina depende entonces de ¿fortalecer el Estado o de aumentar el crecimiento económico? En la búsqueda de una respuesta podría ser útil extraer una obvia lección de la experiencia latinoamericana con el Consenso de Washington —el hecho de que fue demasiado limitado. Para algunos, no cubrió reformas cruciales para fortalecer el Estado. Para otros, ignoró reformas económicas que habrían asegurado un desarrollo social más equitativo. Latinoamérica necesita urgentemente un nuevo consenso. Pero sea cual fuere la forma que tome, no puede ser tan restringido como aquel de los años noventa, ya hoy desprestigiado.
El informe afirma que sin progreso económico hay poca esperanza de que, incluso, el más fuerte de los gobiernos pueda lograr los cambios fundamentales que se requieren ahora. Entre esos cambios cruciales figura la necesidad de acrecentar las exportaciones y la inversión externa, aumentar los ahorros y la recolección de impuestos, invertir más en educación e infraestructura.