Transgénicos “a la Guillén”

Jorge A. Huete-Pé[email protected]

Una vieja caricatura de Manuel Guillén en LA PRENSA ilustra con humor el trasfondo de la polémica respecto de los alimentos transgénicos: el profundo desconocimiento del impacto de estas tecnologías. La caricatura muestra a una señora empujando el carrito del súper mercado en el que lleva a su niñito, un fornido chavalo de grandes dimensiones, un gigante. Alrededor la gente asombrada se pregunta si sería por la comida transgénica.

Dada la desinformación que propagan activistas radicales, la reacción natural de la opinión pública ha ido de la indiferencia a la zozobra. Sin embargo, el último reporte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha venido a desbaratar el dogma de los activistas de que los productos transgénicos podrían causar daños a la salud. En junio pasado la OMS, máximo organismo de salud a nivel mundial, dio a conocer una evaluación exhaustiva que establece que no sólo no se ha encontrado ningún indicio de que los transgénicos sean perjudiciales sino que hasta “pueden contribuir a la salud y el desarrollo humano”.

En la misma línea se habían pronunciado anteriormente otras organizaciones científicas independientes como la Academia de Ciencias de Estados Unidos y la Sociedad Real de Gran Bretaña, así como otras prestigiosas academias de ciencias como las de Brasil y la India. El consenso científico es pues, para decirlo con todas las letras, que las plantas y alimentos transgénicos actualmente comercializados son seguros y no presentan mayores riesgos a la salud humana que los cultivos o alimentos convencionales.

La FAO, Organización para la Alimentación y la Agricultura, define los cultivos transgénicos como aquellos que han sido creados eliminando o añadiendo genes por medio de la ingeniería genética. Un ejemplo de esto es el ahora famoso arroz “dorado” producido con reforzamiento de beta-caroteno, precursor de la vitamina A, considerado ya como la gran esperanza para acabar con la ceguera infantil en el Asia.

De toda la alharaca contra las nuevas tecnologías ha surgido, sin embargo, algo positivo: se han conformado rigurosos sistemas de evaluación de la seguridad de los productos provenientes de estas tecnologías. Los alimentos transgénicos han llegado a ser los más estudiados y evaluados de toda la historia. A manera de ilustración, en la bibliografía se puede encontrar que un tipo de soya transgénica ha sido sometida a más de 2,000 estudios en los que, desde el punto de vista médico, no se ha encontrado posibilidad de que pueda causar ningún daño. Los protocolos de evaluación procuran, entre otras cosas, efectos y componentes tóxicos, posibilidades de reacciones alérgicas y cualquier cambio nutricional.

A la luz de estos estudios se esperaría en adelante una actitud más lúcida de parte de los anti-transgénicos, sino fuera porque su actitud, en general, ha sido ignorar la acumulación de evidencia científica que reconoce la virtud de los alimentos mejorados. Esa actitud intransigente e insensata ha obligado a algunos gobiernos africanos a rechazar la ayuda alimentaria internacional por temor a los transgénicos. Aunque sin éxito, algo parecido se ha querido imitar también en Nicaragua.

Por otra parte, a la comunidad científica aún le queda por delante una tarea aún más ardua por cumplir y que se refiere a los posibles impactos económicos y ambientales. Pero por dicha por más de dos décadas se viene desarrollando un intenso trabajo de investigación llevado a cabo por distintos laboratorios del mundo.

Se trata de implementar rigurosos sistemas de bioseguridad que, a la par de promover las nuevas tecnologías, garanticen la protección al ambiente y la biodiversidad. En esta tarea además de equiparse de eficaces instrumentos y modernos equipos, los científicos tendrán que armarse también de coraje para enfrentarse a los activistas de las poderosas “transnacionales” de la ecología para las que la conservación se contrapone forzosamente al desarrollo económico.

Regresando a lo de Guillén, precisamente la respuesta al porqué el chavalo de la caricatura se ve tan grande y fornido tiene que ver con un trasfondo socio económico. En la caricatura el aspecto saludable del niño no tiene nada que ver con que el chavalo coma transgénicos, la respuesta es más bien que el chavalo simplemente come.

Ojalá que en el debate recurrente sobre los transgénicos el alarmismo y la insensatez no nos empujen al hambre. Porque cuando alguien grita que hay veneno en la comida, no hay hambriento que coma.

El autor es doctor en biología molecular

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