Una experiencia infernal

Eduardo Enríquez

Ayer, mi hermana y mi cuñado cometieron un grave error. Ellos viajaron de Miami a Managua, y su error fue enviar una pequeña caja por carga.

Llegaron al mediodía con sus dos niños, la menor apenas de meses, y luego de recoger sus maletas me dijeron que debían ir a buscar una caja que habían enviado como “equipaje anticipado”.

Me fui con toda la familia y el equipaje que vino con ellos en avión, a las bodegas de la Aduana, para buscar la cajita, que no pesaba más de 11 libras.

Lo que todos pensamos tomaría un par de minutos se tornó en un infierno de más de dos horas.

Mientras mi hermana, los niños y yo esperábamos en el vehículo, a mi cuñado lo hicieron esperar, primero para darle un número, luego para llamarlo y hacerlo pasar a las bodegas, donde reina un calor sofocante. Allí lo hicieron esperar para llevarle la caja. En todo esto había pasado más de una hora y ya yo había llegado para ver cómo era posible que sacar una caja que había llegado de manera “anticipada” podía tomar tanto tiempo.

Pero después que le llevaron la caja y la abrieron, como es obvio, tuvo que esperar para que le dijeran que necesitaba una fotocopia de su pasaporte y luego esperar para que alguien le dijera que se podía llevar la caja.

Ya íbamos “triunfantes” después de hora y media de espera, cuando en la salida de la sección de las bodegas rodeada con malla ciclón, un joven nos pidió un documento. Primera vez que oíamos del tal documento.

Tuvimos que regresar y esperar hasta que nos dieron algo que se llama “inra”. Con él pasamos el “retén” del joven y el de un señor de edad a la salida de la bodega, íbamos jubilosos pues eran más de las 2:00 de la tarde y ninguno —ni siquiera los niños— habíamos almorzado. (Recordemos que ahora las líneas aéreas ponen en huelga de hambre obligatoria a sus pasajeros).

Pero en el portón de salida nos pidieron un “voucher”. De nuevo, nadie nos había hablado de un “voucher”. Tuvimos que regresar a la bodega y de nuevo esperar. En la bodega había un gran letrero que decía “no aceptamos mordidas”, pero a esas alturas yo ya pensaba que sólo a mordiscos saldríamos de ese infierno. Ya cerca de las 3:00 de la tarde logramos salir.

¿Cómo es posible que estemos en este país listos para agilizar el comercio y abrir las puertas a las personas que quieren invertir o simplemente venir de visita, cuando “desaduanar” una triste caja de “artículos personales” con un peso de poco más de 10 libras es un infierno?

Una cosa son las conferencias de prensa en las que elegantes funcionarios manejan hábilmente los “datashows” y nos hablan de los “avances” y las “modernizaciones”.

Otra cosa es la infernal experiencia de tratar de constatar en el terreno, y como simples mortales, esas “modernizaciones”.

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