Joaquín Absalón [email protected]
Sigo creyendo que la fecha más lozana en las efemérides de este mes, corresponde al 17 de julio: “Día de la Alegría”.
Lo que ocurrió a partir del 19 fue la oficialización del escalofrío. Muchos niegan la importancia de ese acaecimiento con la resignación del sufriente lacónico, frustrado porque no cuajó en su destino el ideal redentorista.
A ese paciente común, Somoza lo anduvo de “dolor en dolor”, mas nunca sospechó que quienes lo relevaron serían automáticos en la reincidencia de aplicar el porrazo del “tras cuernos palos”.
Dentro del balance de los opinantes —y esto es más triste todavía— no pocos aún lamentan que Somoza se haya ido porque todo lo que vino fue peor. La dirigencia política actual carga sobre sus hombros la acusación de haber sido incapaz de gobernar. No hay nada que celebrar y sí mucho que lamentar es —y ha sido— la más socorrida deducción —año con año— de estas efemérides talladas de julio, sostenidas porque sobrevive el recuerdo de lo que primero fue epopeya para el resto del mundo admirado, y luego estrepitosa caída de la desairada calificación.
Como en el alma de cada ciudadano actúan dos influencias, la tradición y la razón. El suscrito tiene las suyas. La razón de esperar la posibilidad de la reconstrucción del país susceptible de ser enderezado. Esa es una tradición que supervive en las esencias del poblador. Se debe partir del equilibrio, del balance, de la raíz originaria para alcanzar la restauración.
Los revolucionarios no pueden aportar mucho en ese rediseño por ser radicalistas políticos. No cabe en ellos la razón, la sabiduría de la atenuación, de la temperancia en los continentes del pensamiento. Y peor si se estima que de revolucionarios pasaron a ser seudo-revolucionarios. Deslegitimaron el concepto del purismo ideológico usado por sus abuelos de Oriente y lo convirtieron en desorden, en la concentración del caos.
Me quedo con la frase de Napoleón: “La vanidad ha hecho la revolución, la libertad fue sólo el pretexto”. La vanidad de los “guerrilleros” tenía su mayor justificación en llegar al poder no para hacer sino para deshacer. El pretexto era Somoza cuya actuación les era conveniente en la medida en que más estrangulase a la libertad. Napoleón no aludía a las barahúndas. Cifraba el concepto sobre otros movimientos de transformación histórica.
Al no irse Somoza muchos optamos por la clandestinidad, seguros de que si continuaba con el tostador extenuaba a quienes por cualquier medio hostigábamos su conducta de dictador. En el caso personal la posición solidaria de la Embajada de Venezuela hizo una seña con el ojo de su generosidad al lado de un desertor militar de Somoza, que era el doctor René Schenegans (q.e.p.d.), quien buscando sol me invitó a que lo acompañara.
Compartí ahí hasta con prostitutas creyentes en la farándula de la carne, creían que declararse perseguidas las acercaba a las fragancias de las sedes diplomáticas. Pronto se les descubrió su rol de espías en un recinto donde dormían en el suelo más de doscientas vidas desesperadas, mientras los principales comandantes, los Ortega y otros del mismo molde, se aproximaban a tomar el avión desde tierras extranjeras para tomar el poder con el auspicio de un gabinete en el exilio que pronto debería sufrir los trastornos de la disipación.
El 17 de julio llegó a la sede el encargado de negocios a prevenirnos. Con aplomo dijo: “Vengo a decirles que esta noche se va Somoza, pueden asaltar y quemar las embajadas donde hay asilados, los prevengo”. Pasó el 18 y vino por fin el sol que comenzó a oscurecer el 19 de julio. Debíamos dejar el refugio. Otros lo asediaban no para quemarlo sino para suplicarlo. Eran los soldados de bajo y de alto rango del somocismo, sus funcionarios, sus intelectuales.
Después se puso en la mesa el discurso incoherente de los nuevos dioses. El trastorno iniciaba la época de su boga. El desgobierno comenzaba a dibujar las nubes de “la noche oscura”, la queja inolvidable de Juan Pablo Segundo.
El autor es periodista.