Totalitarismo compulsivo

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Totalitarismo compulsivo





Una de las preguntas que hizo la encuestadora nicaragüense M&R Consultores a las personas que entrevistó para elaborar su más reciente encuesta de opinión política — cuyos resultados dio a conocer LA PRENSA en su edición de ayer, lunes 11 de julio del 2005—, fue sobre la consigna del FSLN para la celebración del 26 aniversario de la revolución sandinista, el próximo 19 de julio: “El Frente Sandinista es Nicaragua jodido”.

Sólo el 32.7 por ciento de los encuestados dijo estar de acuerdo con dicha consigna, mientras que la gran mayoría, el 62.7 por ciento de los encuestados, se expresó en desacuerdo y el 4.6 por ciento manifestó que no sabía o no respondió a la pregunta.

En realidad, es muy significativo el rechazo ciudadano a la proclama totalitaria que el FSLN ha hecho colocar en todas partes, la cual menosprecia la inteligencia y ofende la conciencia democrática de la gran mayoría de los nicaragüenses. Pero lo más importante y digno de destacar es que, a pesar de que los totalitarios han tratado de hacer simpática su consigna haciéndola parecerse a la popular exclamación leonesa (¡Viva León, jodido!), sin embargo no han podido engañar a la gente.

Por otra parte, esa prepotencia totalitaria de la cúpula extremista del FSLN debería quitar la venda de los ojos a quienes de buena fe todavía creen que este partido se ha democratizado. Si es que en realidad lo han creído de buena fe, deberían convencerse de que, en realidad, lo que pretende el FSLN es asumir el control de todos los poderes públicos para someter a la población, otra vez, al yugo totalitario.

La consigna de que “el Frente Sandinista es Nicaragua jodido”, es básicamente la misma que aquella que vociferaban las turbas en los años ochenta: “Nicaragua será sandinista para siempre, o no habrá Nicaragua para nadie”, mientras apaleaban a opositores, disidentes y a quienes simplemente eran indiferentes al aquelarre revolucionario.

El totalitarismo, como muy bien se conoce en Nicaragua, es una doctrina política y una forma antidemocrática de gobierno que se impuso en muchos países de Europa, Asia, África y América Latina durante el siglo pasado, y que todavía hoy predomina en algunos lugares —como Cuba, en América; Zimbabwe, en África; Corea del Norte, en Asia—, mientras que como doctrina política es sustentada y proclamada agresivamente por partidos como el FSLN, de Nicaragua, y el FMLN de El Salvador.

Como forma de gobierno, el totalitarismo se caracteriza por la absorción total, en manos del Estado, de todos los poderes políticos, económicos y culturales de la sociedad. Pero no para ponerlos al servicio de la nación y de las personas, sino para subordinarlos a los intereses de los gobernantes, ante todo de su partido y de una camarilla dirigente que se atribuye el rol de “vanguardia”, encabezada por un dirigente principal que se hace llamar caudillo, comandante de la revolución, líder de la nación, etc.

Es característico del totalitarismo como régimen y de los totalitarios como individuos, arrogarse la representación del pueblo y proclamarse abanderados de un tal poder popular, así l como Daniel Ortega propone ahora unas asambleas populares para sustituir la democracia representativa. Sin embargo, como explica el ensayista argentino Juan José Sebreli, para los totalitarios el pueblo “es un pretexto para la dominación de la élite en el poder, el grupo gobernante o el líder, los cuales están supuestamente capacitados para interpretar ‘la sabiduría de las masas’. Puesto que el ‘alma del pueblo’ no existe como unidad orgánica, los sistemas totalitarios necesitan inventarla: para eso crean el aparato del terror y la propaganda”.

Eso, precisamente, fue lo que ocurrió en la Nicaragua de 1979 a 1990. Pero en aquella ocasión, los nicaragüenses en su mayoría fueron engañados porque no sabían qué era el totalitarismo, y se dejaron seducir por la fraseología sobre la revolución, el poder popular, etc. Ahora, después de la trágica experiencia de la “noche oscura” —como calificó el Papa Juan Pablo II al régimen totalitario de los años ochenta—, es muy difícil que los ciudadanos se dejen engañar como aquella vez. Así lo han demostrado en las elecciones de 1990, 1996 y 2001, y lo están demostrando ahora en las encuestas y con el rechazo masivo al pacto de Daniel Ortega con Arnoldo Alemán para restablecer el totalitarismo.

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