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La naturaleza del terror
El mundo entero fue conmovido otra vez por el terrorismo. En esta ocasión, el recién pasado jueves 7 de julio, por un sangriento ataque terrorista de ésos que, según los entendidos en la materia, tienen la marca registrada de la red islámica Al Qaeda.
Pero de este brutal atentado terrorista en Londres que segó la vida de medio centenar de personas y lesionó de mayor o menor gravedad a otras setecientas, no hay que culpar al islamismo, ni en general a la gente que profesa esa religión, en cuya base doctrinaria —que es El Corán, equivalente a la Biblia de los cristianos— está el precepto de que, ante Dios, “matar a una persona es matar a toda la humanidad”.
En realidad, nadie en ninguna parte del mundo justifica ni puede justificar el terrorismo, salvo los mismos terroristas que se adjudican eufóricamente la autoría de sus crímenes de lesa humanidad. No obstante, también hay quienes sin atreverse a defender abiertamente al terrorismo, sin embargo lo justifican de manera indirecta con el argumento de que “es justo y necesario que los pueblos usen la violencia armada contra sus opresores”, aunque —dicen— es incorrecto que maten a personas inocentes.
Pero, ¿inocentes o culpables de qué? Un asesinato es un asesinato, independientemente de quién sea la víctima y cuáles las razones que se esgriman para tratar de justificarlo. ¿O es que los atentados terroristas del jueves pasado en la capital del Reino Unido habrían sido justificables si las víctimas hubieran sido los jefes de Estado y de Gobierno —que en ese momento estaban reunidos en Escocia para acordar una masiva ayuda al África y algunos países extremadamente pobres de América Latina, entre ellos Nicaragua—, en vez de las personas comunes y corrientes que se movilizaban en las unidades de transporte colectivo?
El terrorismo, según la definición jurídica y política internacional establecida por una resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 16 de enero de 1996, es cualquier clase de “actos criminales con fines políticos concebidos o planeados para provocar un estado de terror en la población en general, en un grupo de personas o en personas determinadas”. Y agregó la ONU en esa misma resolución que los actos de terrorismo “son injustificables en todas las circunstancias, cualesquiera que sean las consideraciones políticas, filosóficas, ideológicas, raciales, étnicas, religiosas o de cualquier otra índole que se hagan valer para justificarlos”.
Ahora bien, los terroristas no escogen a sus víctimas porque éstas sean culpables o inocentes de algo. Las seleccionan porque es más fácil asesinarlas , porque se encuentran en el lugar que los asesinos han determinado como más apropiados para hacer explotar sus infernales explosivos. Y además, los terroristas escogen lugares generalmente nutridos de gente para hacer el mayor daño posible, porque su propósito es atemorizar a toda la sociedad.
“No hay límites. El día que nos decidamos a olvidar a los niños la revolución triunfará”, asegura Voinov, uno de los personajes de la novela Los justos, en la que el famoso escritor francés-argelino Albert Camus retrata la naturaleza del terrorismo y de los terroristas. La obra mencionada trata sobre un grupo de terroristas rusos que planea asesinar a un gran duque arrojando una bomba contra su carruaje, en la calle. Pero uno de los terroristas, Kalaiev, vacila en el momento en que debe arrojar la bomba porque el gran duque va acompañado por unos niños, sus sobrinos.
Camus (1913-1960) publicó Los justos en 1949, o sea que su relato no tenía nada que ver con los terroristas islámicos de la actualidad. Pero el terrorismo y los terroristas han sido siempre iguales. Jamás les ha importado la vida humana. Para ellos la identidad de la persona o personas que asesinan es irrelevante. En su mente enloquecida y diabólica a quien matan es al “enemigo”, al opresor, a la autocracia rusa en la obra mencionada de Camus y a “los cruzados” occidentales en el caso de los terroristas musulmanes de Al Qaeda. La única diferencia entre aquéllos y éstos, en todo caso, es la mayor crueldad, la masificación del asesinato y la sofisticación de los métodos e instrumentos ahora empleados en su actividad criminal.
Como sea, no hay y no puede haber pretextos para justificar el terrorismo ni para defender o apañar de cualquier forma a las organizaciones y a los gobiernos que promueven y que financian el terrorismo en el mundo. La humanidad entera debe unir esfuerzos para enfrentarlos y derrotarlos.