Apolo

Luis Sánchez Sancho

Uno de los personajes más fascinantes de la mitología griega y romana es Apolo, dios del Sol, de la luz, de la música, de la poesía y de la elocuencia.

Apolo pertenece a la segunda generación de los dioses olímpicos, o sea que es una de las más importantes divinidades del Olimpo. Se le representa como un hombre joven e imberbe, extraordinariamente apuesto, de rostro perfecto y atlético cuerpo varonil. Lleva una lira en las manos, la frente la tiene ceñida con una corona de laurel (que es Dafne, la Ninfa a quien él amó profundamente, pero no la pudo poseer porque Zeus la transformó en árbol). Y recorre Apolo el cielo, todos los días, de Oriente a Poniente, montado en un carro de oro y de fuego que es halado por cuatro soberbios caballos blancos.

Apolo es hijo de Zeus y de Letona y, por lo tanto, hermano gemelo de Artemisa (Diana en la mitología romana), la diosa que conserva eternamente su virginidad porque al asistir el parto de su hermano gemelo se impactó terriblemente por los fuertes dolores de parto que sufrió su madre, Letona, provocados por la celosa Hera, esposa de Zeus.

Apolo nació en la isla de Arteria, también llamada Ortigia, que desde entonces se llamó Delos (brillante, en griego) porque al nacer aquel divino niño la tierra se cubrió completamente de oro y resplandeció como el Sol. Nació Apolo en el día séptimo del primer mes de la Primavera, y por eso el día siete o domingo fue consagrado a su culto. En el preciso momento en que Apolo nacía, siete cisnes del cielo volaron siete veces alrededor de la isla; y después siete fueron las cuerdas que Apolo puso a la Lira, el divino instrumento que él creó para dárselo a los hombres y que éstos pudieran tener el privilegio de comunicarse con los dioses por medio de la música.

Durante su fugaz infancia, Apolo fue alimentado por Temis —hija del Cielo y de la Tierra, diosa de la justicia divina—, con la Ambrosía y el Néctar, que son la comida y la bebida de los dioses, que les proporcionaban la vida eterna y la perenne juventud.

Apolo se transformó, repentinamente y de manera prodigiosa, de bebé en un mozalbete de perfecta belleza masculina. Entonces su padre, Zeus, le envió un carruaje de oro tirado por los cisnes del cielo, para que se trasladara al país de los Hiperbóreos.

(Los Hiperbóreos, o sea “los que viven más allá del Bóreas”, el viento del Norte, eran un pueblo legendario que vivía en las regiones más nórdicas de la Tierra, donde el Sol sólo sale y pone una vez al año. Allí los Hiperbóreos disfrutaban de una eterna felicidad, nadie peleaba ni practicaba la violencia, todos convivían en una absoluta y abundante comunidad de bienes y llegaban hasta la edad de mil años).

Apolo vivió entre los Hiperbóreos durante un año. Luego se marchó en búsqueda del sitio más apropiado para establecer su santuario y oráculo, que lo ubicó en un lugar llamado Delfos, en el golfo de Corinto, propiamente en el monte Parnaso y al lado de la divina Fuente Castalia, en cuyas aguas, posteriormente, los peregrinos debían bañarse para purificarse y poder entrar al santuario.

Pero el espacio disponible se me ha agotado y esta historia debo concluirla en la siguiente columna.

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