Roberto Artavia Loría*[email protected]
De mucho tiempo atrás he aprendido a admirar a los nicaragüenses por su creatividad empresarial y artística, por su valoración del sentido de la familia, por su fortaleza interna para enfrentar la adversidad. Entre los empresarios más importantes e innovadores de la región hay muchos nicaragüenses. De hecho, muchas de las más importantes empresas de Centroamérica, algunas con sede en otras naciones, son de origen y capital nicaragüense. Los nicas en el extranjero, independientemente de su nivel socioeconómico, se caracterizan por ser esforzados, por su lealtad, por su voluntad de empezar desde abajo cuando es necesario y por su compromiso de contribuir con el sostenimiento de su familia.
Como todo pueblo en desarrollo, Nicaragua tiene grandes retos que enfrentar: educación y oportunidades para su gente, seguridad alimentaria, salud, vivienda. Nicaragua necesita aumentar su producción, su productividad, atraer inversiones de empresas más modernas y crear oportunidades de desarrollo empresarial para la población local. El país necesita crear empleo masivamente y procurar que estos nuevos empleos impulsen un círculo virtuoso de crecimiento de la productividad. Nicaragua necesita ser atractiva para inversionistas locales y extranjeros que pongan en marcha una agenda productiva que, eventualmente, genere los recursos necesarios para su prosperidad y abra espacios para que la pequeña empresa prospere y se pueda financiar una política social progresista.
La parte externa de la agenda nacional avanza. Nicaragua hoy está mucho mejor integrada con Centroamérica; ha firmado tratados de comercio con México, Canadá, República Dominicana y está a punto de ratificar su tratado con Estados Unidos. El país ha logrado reducir de manera radical su deuda externa y pronto debe estar en condiciones de financiar a largo plazo partes importantes de su agenda de desarrollo. A nivel interno, la infraestructura logística ha mejorado, basta con ver el avance en carreteras o el aeropuerto; el sistema de telecomunicaciones ha dado pasos importantes hacia su desarrollo y es notable la mejora en instalaciones empresariales y comerciales en el país, para mencionar sólo algunos de los cambios que se han dado en tiempos recientes.
En este ambiente, donde la oportunidad de prosperar es palpable, hay una dimensión de la agenda nacional que una y otra vez echa por tierra lo avanzado: el ambiente político-institucional. Visto a corto plazo, Nicaragua vive una eterna lucha por el poder que, en su increíble egocentrismo, anula casi por completo lo avanzado en otros campos. Visto a largo plazo, mientras las instituciones del Estado no sigan el ejemplo de las fuerzas armadas y se comprometan a defender los intereses nacionales antes que los intereses partidarios, Nicaragua no será un destino confiable para inversionistas productivos o empresarios sociales, lo que redundará en un avance mucho más lento de lo que es necesario en su generación de empleo y prosperidad social.
Hay quienes han tratado de convertir la discusión del desarrollo de Nicaragua en un asunto entre derecha e izquierda, cuando la experiencia nos ha enseñado que ésta es una falsa dicotomía y que el desarrollo sostenible de una nación inevitablemente pasa por el mercado, por la creación de riqueza y que, en una nación pequeña como Nicaragua, el crecimiento de la producción tiene que ver con inversiones, exportaciones, e integración comercial; con un sector productivo que invierte y crece cada día. También es indispensable una agenda social agresiva que asegure redistribución de recursos a corto plazo y redistribución de oportunidades a largo plazo, pues en una sociedad fracasada en lo social no hay producción que sea sostenible. El desarrollo requiere un sector productivo dinámico y motivado y un sector público moderno; capaz de ejecutar las agendas de redistribución a través de una nueva estructura institucional comprometida con las necesidades de un pueblo y no con la agenda de unos cuantos de sus actores políticos.
La semana pasada circuló en los medios del mundo la foto de “un estudiante” nicaragüense descargando un mortero, con la cara cubierta con un pasamontañas, en una calle de Managua. A su alrededor, en la calle, se veían piedras y palos. Reflexionando, me preguntaba si ésta sería la imagen correcta de Nicaragua hoy. ¿Será Nicaragua la de las nuevas carreteras, la de los nuevos edificios e inversiones de zona franca; la de nuevas empresas de turismo y servicios, la del nuevo aeropuerto o será la verdadera ésa que nos mostraba tan elocuentemente ese “estudiante”? Pero es fácil comprender por qué este “estudiante”, o cualquier otro ciudadano, está confundido.
La semana pasada se dio un nuevo intento de mediación en Nicaragua, en este caso del Secretario General de la OEA. Ya es bastante malo que una nación democrática y que ha dado muestras claras de capacidad requiera de mediación externa, pero es aún peor cuando la mediación no es para definir cómo atacar la agenda de desarrollo sino para definir cuotas de poder entre políticos. La discusión no es sobre un nuevo marco institucional que propicie el desarrollo, o sobre la asignación de recursos a la agenda social, sino sobre quién manda. Es trágico que el acuerdo más notable entre los partidos mayoritarios sea para distribuir cuotas de poder en las instituciones del Estado y no para cómo enfrentar, de una vez por todas, el crecimiento de la producción, del empleo y el combate a la pobreza.
¿Cómo conciliar el nicaragüense creativo y trabajador, presente aquí y en el extranjero, con el estudiante bombardero? ¿Cómo se explica que una nación que exporta empresarios y creatividad a toda la región se imponga a sí misma una agenda autodestructiva? Mientras los actores sean los mismos y sus agendas personales y partidarias no cambien, la discusión sólo se repetirá una y otra vez. La solución debe ser por la vía del diálogo, pero de un diálogo con nuevos actores, un diálogo en que representantes de los principales sectores y estratos de la sociedad impongan una agenda de desarrollo humano, una agenda de desarrollo productivo, una agenda de ajuste institucional que comprometa a los actores políticos a avanzar la única causa que vale la pena: la de Nicaragua unida para la prosperidad.
Quienes dominan la agenda política actual deben ceder su espacio a otros. En diferentes momentos de la historia reciente de la región se han producido esfuerzos institucionales clave, como son los casos de CINDE en Costa Rica y FUSADES en El Salvador, para impulsar cambios importantes en la agenda nacional de esos países. Ésta podría ser una alternativa a considerar en Nicaragua.
La innovación institucional es una fuente importante de progreso en el mundo entero y lo puede ser también en Nicaragua, pero su eficacia depende de la representatividad y credibilidad que dichas instituciones logren ante la población. Para eso es indispensable que sean respaldadas por gente que no sean actores principales en las estructuras tradicionales de la política y que sean reconocidas como líderes en áreas importantes del desarrollo nacional. Los temas a tratar son la pobreza y el desarrollo humano, el bienestar de la población, la producción y el empleo, las exportaciones y las inversiones, el impulso a las Pymes. La agenda es la que mejor impulse a la nación en dirección a la prosperidad sostenible. La institucionalidad resultante es la que se requiera para respaldar esta agenda.
Es claro que, aún con mediación de alto nivel, la discusión política actual no tiene sentido para el país, pues los objetivos son egoístas y partidarios en vez de progresistas y nacionales. Ojalá se explore con seriedad esta alternativa para romper el estancamiento actual y se le brinde oportunidad a nuevos actores para definir el futuro de la nación. Nicaragua lo necesita con urgencia.
* El autor es Rector del INCAE