Los valores éticos también son rentables

Annabelle Sánchez Duarte

Un amigo economista me contó que la actual revolución mundial, que tiene como fin rescatar valores humanos, ha invadido también el ámbito de la empresa. Y no es de extrañar que uno de los índices de investigación y evaluación aplicados a esas empresas sea el de los valores, los cuales se tratan de vivir en las mismas, tanto por los empleadores como por los empleados. En múltiples empresas, alrededor del mundo, se ha visto que a la larga son las más exitosas aquéllas que mantienen un nivel alto de conducta adecuada con los valores. Aunque en un determinado momento hubieran perdido algún negocio (porque habían rechazado alguna mordida, por ejemplo), esto mismo le iba creando un ambiente de respeto y prestigio por el mismo hecho de haber sido coherente con sus principios.

He ahí la razón del título de mi artículo. No se trata de valores monetarios y, sin embargo, son rentables porque forman la base y el fundamento para que las empresas alcancen un alto nivel de competitividad y credibilidad de cara al público que reclama sus servicios. En este sentido, entonces, podemos afirmar que, precisamente ahí donde se buscan objetivos claros de llevar a la práctica valores como la honradez, la responsabilidad, la honestidad, el respeto a los semejantes, la justicia en todas sus acepciones, la solidaridad, el trabajo bien hecho, el optimismo, la tolerancia, la búsqueda auténtica de la verdad… es ahí precisamente donde se encontrarán los mayores ingresos en términos crematísticos.

De alguna manera, cada uno de nosotros nos encontramos pensando o comentando con otra persona que “ojalá volviéramos al tiempo de nuestros abuelos” o “los valores se han perdido en la familia” o “ya no hay valores en esta sociedad”. Todas son frases que encierran una cierta dosis de pesimismo de cara al diario vivir. Sin embargo, sabemos que lo más indicado es emprender cada día con ánimo optimista, con una actitud positiva, con una sonrisa en los labios. Es a cada uno de nosotros a quien toca volver a desempolvar esos valores por los que tanto deploramos su ausencia.

Sabemos que en nuestra sociedad, aunque no sea perfecta y nunca lo será pues es ley de vida, podemos encontrar muchas personas que sí creen en el valor de los valores y quieren vivirlos y difundirlos alrededor de ellas. Lo que nos falta a muchos de nosotros es el coraje, la valentía para ponerlos en práctica pues tenemos a una cantidad de personas a nuestro alrededor que nos dice que o “somos anticuados” o “somos muy serios” o “somos unos babosos”. Triste papel el que jugamos cuando nos dejamos influir por estos sujetos que hacen mala cara, se burlan o son indiferentes ante nuestros esfuerzos por vivir los valores. ¿Qué ganamos y qué perdemos? Ganamos entrar en el círculo de los borregos y perdemos ser líderes constructivos.

Con un mínimo de realismo tenemos que reconocer que el mundo en que vivimos no nos gusta totalmente. Tenemos grandes deseos de cambiarlo y nos estorba todo lo que nos produce cierto malestar. Sin embargo, nos falta un rumbo y un norte, alguien o algo que nos ayude a llevar a la práctica esos deseos de ordenar las personas y las cosas. Queremos convertir la sociedad (léase conjunto de familias) en un ambiente sano y acogedor, donde podamos vivir y convivir. En este siglo la persona se ha vuelto dura con los demás y débil consigo misma; es violenta y fanática, aunque pretende ser solidaria; confunde el bien con el mal y la verdad con esa verdad a medias que es la mentira. A la honradez hay que buscarla con lupa y a la justicia con el reflector más potente que podamos encontrar, de manera que nos lleve de la mano al encuentro con la libertad, la responsabilidad, la sencillez y la tolerancia.

David Isaacs, escritor y pedagogo inglés, afirma: “A todos nos gusta que la gente sea comprensiva, generosa, leal, sincera y justa con nosotros. Deberíamos estar intentando mejorar esos mismos valores en nosotros. Sólo de esta forma podemos progresar hacia una mayor madurez humana. La madurez se puede entender como el resultado del desarrollo armonioso de las virtudes humanas. Con la madurez obtenemos mayor felicidad. Todo el mundo quiere ser feliz. En un sentido, estamos todos sujetos a querer la felicidad. No tenemos alternativa. Cuando nos desarrollamos de acuerdo a nuestra naturaleza… encontramos mayor felicidad y esto lo podemos lograr, en parte, a través del desarrollo de las virtudes humanas”.

La autora es doctora en Pedagogía.

Editorial
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