Emilio Porta [email protected]
La clase política, el go-bierno y la sociedad civil coinciden en la necesidad de expandir la oferta de educación técnica para lograr el desarrollo económico. Esta voluntad es recogida en el Plan Nacional de Desarrollo y reforzada en los diversos debates que se dan dentro del Foro Nacional de Educación. En este sentido es relevante preguntarnos por qué si todos estamos de acuerdo en ello el país ha avanzado tan poco en esta dirección.
Con el objetivo de responder a esta inquietud, en conjunto nos dimos a la tarea de estimar la Tasa Interna de Retorno (TIR) —este estudio fue realizado en colaboración con José Ramón Laguna— para los diferentes programas educativos y encontramos que el mercado laboral no propicia el crecimiento de la matrícula de educación técnica.
Amparados en la teoría del capital humano y utilizando la Encuesta de Medición del Nivel de Vida del 2001 (EMNV ’01) estimamos la TIR que le reporta a los individuos invertir según los diferentes programas educativos. Completar la educación primaria reporta un 6.3 por ciento de rentabilidad, secundaria un 9.2 por ciento, técnico básico 9.5 por ciento, técnico medio 10 por ciento, técnico superior 9.8 por ciento y la universidad 18.7 por ciento. Como se puede apreciar la rentabilidad de la educación técnica es similar a la educación secundaria e inferior a la de la educación superior.
La alta rentabilidad que reporta el obtener un título de educación superior podría desincentivar estudiar educación técnica. El estudiante que culmina la secundaria prefiere ingresar a la universidad que a un instituto técnico. Esta alta rentabilidad de la educación superior explica el rápido crecimiento de la matrícula de las universidades privadas, que en tan sólo 15 años de existencia representan el 50 por ciento la matrícula total de universitarios. El mercado ha operado y las universidades privadas en cierta medida han dado respuesta a la incapacidad que han tenido las universidades adscritas al CNU por expandir sus matrículas.
Sin embargo, para el caso de la educación técnica “la mano invisible” que según Adam Smith guía la economía pareciera estar limitando su crecimiento. Esta situación se agrava aún más debido a externalidades generadas por la estructura de nuestro mercado de trabajo. Nicaragua, a diferencia de varios países desarrollados, no cuenta con barreras de entradas al mercado laboral que impida el ejercicio de ciertas ocupaciones (fontanero, electricista, maestro de obra, etc.) sin la debida certificación técnica avalada por una institución educativa. En los países en donde existe este tipo de regulación, para reclamar el seguro se requiere que los trabajos de reparación o mantenimiento de viviendas por ejemplo sean realizados por técnicos certificados para hacerlos.
En este sentido, en Nicaragua un electricista, maestro de obra o carpintero no requiere para trabajar un certificado que le acredite su conocimiento. De esta forma la mayoría de los técnicos que existen prefieren aprender estos oficios con familiares o ingresando a trabajar a temprana edad en pequeños talleres. Para éstos no tiene sentido invertir en una educación formal si el mercado no reconoce entre el que aprendió en un instituto técnico o en el taller de la esquina.
Al igual que en cualquier actividad económica, al momento de decidir invertir en educación, los individuos reflexionamos sobre la relación costo-beneficio que esto implica. Si bien es cierto que algunos estudian por vocación, es importante reconocer que la mayoría de las personas lo hacen para mejorar su calidad de vida. En este sentido, mientras el mercado no genere los incentivos necesarios para el desarrollo de la educación técnica, ésta seguirá siendo la “Bella Durmiente” de nuestro sistema educativo.
El autor es Master en Gestión y Políticas Públicas (Uchile).