Hortensia Rivas Zeledón
El 19 de julio de 1979 el FSLN tomó el poder enmascarado en la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional que estaba compuesta por tres sandinistas y dos civiles sin experiencia política; ese día el comandante Daniel Ortega preguntó a la multitud ilusa que estaba reunida en la Plaza de la República: ¿ustedes votan hoy de una vez y para siempre por el FSLN? y la masa inconsciente respondió que sí.
Después, por medio de decretos suprimieron todas las libertades y derechos ciudadanos e impusieron una dictadura más cruel y totalitaria que la anterior. Inmediatamente comenzaron las persecuciones, los encarcelamientos, el espionaje y los fusilamientos nocturnos disfrazados de “viajes a Panamá”, al mejor estilo nazi. Estatizaron la economía, impusieron el racionamiento, la escasez, la guerra, el servicio militar, la muerte y el sufrimiento en los hogares nicaragüenses. Pero ellos se adueñaron de cuanta propiedad quisieron, dejaron de ser paupérrimos, se hicieron potentados y cambiaron de estatus social.
En los años ochenta centenares de miles de personas prefirieron el exilio, otros nos quedamos enfrentando cívicamente al régimen. Demandábamos elecciones libres pero ellos respondían que el pueblo ya había votado por la revolución. No obstante, para aparentar ante la comunidad internacional hicieron una caricatura de elecciones el 4 de noviembre de 1984, en las que por falta de garantías no participó la Coordinadora Democrática “Ramiro Sacasa Guerrero”.
En esa ocasión el pueblo se abstuvo. El FSLN, que fue el que organizó la elección y contó los votos, le asignó unas cuantas diputaciones a los partidos del Frente Patriótico de la Revolución para aparentar pluralismo; también escogió a los diputados sandinistas que aprobaron una Constitución de corte revolucionario para un gobernante totalitario.
En las elecciones del 25 de febrero de 1990, la Unión Nacional Opositora obtuvo realmente 56 diputados, pero el Consejo Supremo Electoral de entonces recontó y anuló muchos votos de la UNO. Con esa maniobra le quitaron tres diputados a la UNO: en la RAAS uno, otro en la Región 4 y uno más en la Región I, para impedir que la alianza democrática tuviera el número de diputados necesarios para cambiar la Constitución autocrática y totalitaria del 87.
Han transcurrido más de 15 años desde el día que el 60 por ciento del pueblo decidió sacudirse el yugo sandinista y cambiar la forma de hacer política, pero este cambio se le ha escamoteado al pueblo, primero por el contubernio y después por el pacto sandino-liberal.
Ahora los nicaragüenses hemos dicho basta ya, no queremos seguir prisioneros de pandillas corruptas y totalitarias. Por eso marchamos todos juntos el 16 de junio, para terminar con el pacto y la corrupción y liberar al país de las garras de Daniel Ortega y Arnoldo Alemán. Por eso urge cambiar a esos diputados corruptos, escogidos por sus caciques y que sólo daño le han hecho a los nicaragüenses. Hay que elegir nuevos diputados que sean honrados, democráticos, comprometidos con el bienestar del pueblo y cuya tarea sea redactar una nueva constitución que responda al sistema democrático, que reviertan las leyes totalitarias y revanchistas del pacto como la “Ley Arce” y hagan nuevas leyes que contribuyan al Estado de Derecho y al desarrollo del país.
Después de aprobada la nueva Constitución se debe elegir en la Corte Suprema de Justicia, Contraloría General de la República y el Consejo Supremo Electoral, a personas honestas, capaces e independientes para que cumplan con las funciones que les corresponde y lo hagan con objetividad y profesionalismo. Por todo esto y por el bien de Nicaragua es urgente una Constituyente, una nueva Constitución, pero sobre todo, nuevos diputados.
La autora es directiva del Partido Conservador.