La guerra: nunca más

Ayer se cumplieron 15 años de la fecha memorable (27 de junio de 1990), cuando el ejército de la Resistencia Nicaragüense se desarmó y desmovilizó. De esa manera quedó como única fuerza armada de Nicaragua el Ejército Popular Sandinista, pero comprometido a reducirse y despartidarizarse, inclusive a cambiarse el nombre para poder ganarse la confianza de todos los nicaragüenses.

Aquella guerra librada entre la Contra y el régimen sandinista —el cual había instaurado una nueva dictadura y pretendía imponer el comunismo—, fue el último conflicto bélico de los muchos que ensangrentaron a Nicaragua desde la independencia nacional de 1821. Y sus enseñanzas deberían ser suficientes para que no hubieran ya políticos que causan conflictos permanentes y llevan al país una y otra vez al borde del abismo, a orillas de una nueva guerra.

En realidad, nadie debería olvidar que aquel conflicto bélico entre sandinistas y contras, que se convirtió en uno de los ejes de la Guerra Fría internacional, se desencadenó casi inmediatamente después del triunfo de la revolución sandinista de 1979 porque el partido FSLN se burló de la aspiración de la mayoría del pueblo nicaragüense a vivir en libertad y gobernarse democráticamente. El FSLN impuso una nueva dictadura, en algunos aspectos peor que la anterior, o sea la somocista, e inevitablemente estalló la guerra civil.

Por su parte, a los miembros de la nueva generación que nació durante los años postreros del régimen sandinista y de la última guerra, se les debe informar verazmente sobre ésta y hay que educarlos en el espíritu del civismo, de la tolerancia, de la convivencia pacífica, del amor a la democracia y el culto a la libertad, que son los antídotos siempre infalibles contra el veneno de la violencia y la guerra fratricida.

Pero tampoco nadie debería olvidar que la guerra anterior a la que libró la Resistencia Nicaragüense contra la dictadura sandinista, es decir, la guerra revolucionaria de 1977-1979 contra la dictadura somocista, se originó igualmente en el atropello a la libertad, en la falta de democracia, en la exclusión política y el reconocimiento institucional únicamente a dos partidos “mayoritarios”.

En fin, todas las guerras que han devastado al país y ensangrentado el suelo nacional fueron causadas por los abusos de poder, por las imposiciones políticas, por las violaciones al Estado de Derecho, por la perversión partidista y personal de la justicia, iguales y en todo caso muy parecidas a las aberraciones que ahora se están practicando en Nicaragua, a pesar de que han transcurrido ya 15 años después que se estableció la democracia y se puso fin a la guerra.

A estas alturas del tiempo el pueblo nicaragüense debería estar trabajando sólo para promover el desarrollo nacional, erradicar la pobreza, poner fin al analfabetismo, competir exitosamente en la búsqueda de la prosperidad con los países del vecindario centroamericano y de más allá. Pero en vez de eso, la gente tiene que afanarse otra vez en buscar cómo salir de políticos trogloditas que desde la Asamblea Nacional, la Corte, la Contraloría y otras instituciones estatales, siguen imponiendo sus caprichos, enriqueciéndose a expensas del Estado, decidiendo arbitrariamente la suerte de la nación.

Se dice que la historia es la ciencia que permite a los individuos y pueblos no tropezar dos veces con la misma piedra. Es decir, que gracias al conocimiento de la historia en general y de sus propios hechos históricos en particular, la gente no debería incurrir dos veces en el mismo error ni dejarse arrastrar a las mismas situaciones trágicas del pasado. Pero esto es cierto sólo teóricamente. En la realidad lo que prevalece es la regla de que sólo el hombre tropieza dos veces —y más— con el mismo obstáculo.

Jorge Federico Hegel, el gran filósofo dialéctico alemán, escribió que “los tiempos de paz son páginas en blanco para la Historia Universal”. Eso era a principios del siglo XIX, cuando las guerras todavía eran inevitables. Ahora las guerras se pueden evitar. Y 15 años después del fin de la última guerra civil de Nicaragua, debemos empeñarnos en que sólo de paz se llenen las páginas de la historia nacional. Y que nunca más se escriba en ellas con la tinta roja y negra de la guerra.

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