Juan Bosco Cuadra
Cuando comencé a pensar escribir este artículo hace algunos meses, me dio la fuerte impresión que me estaba metiendo en un terreno verdaderamente difícil desde el punto de vista filosófico y esto porque el problema de la “fenomenología del poder” tiene más características de corte existencial que de un simple conocimiento de orden meramente conceptual o cognoscitivo.
Todavía me acuerdo de esas lecciones magistrales de José Ortega y Gasset en su obra De política, en donde caracteriza al político de la siguiente manera: “Impulsividad, turbulencia, histrionismo (montador de espectáculos o comediante), imprecisión, pobreza de intimidad, dureza de piel”. Éstas son, según él, “…las condiciones orgánicas, elementales, de un genio político”.
Esta definición es suficiente para decirles a quienes nos ofrecen este tipo de alternativas: “No gracias” buscaré otras alternativas para ganarme la vida”.
El “poder”, pues, es un verdadero problema existencial. Por esto mismo, en estos tiempos, la conciencia ética y moral se debe hacer presente en estos campos.
Dentro de mis reflexiones he encontrado cinco espejismos o ilusiones que seducen al aspirante al poder político, así como las diez más clásicas tentaciones (en otro artículo me referiré a ellas) en que caen la mayoría de las personas que no tienen ni tampoco les interesa la responsabilidad moral y ética de estas funciones que conllevan en el momento de asumirlas y ejecutarlas.
Empecemos con los “espejismos”. El primero de ellos es creer que el poder “me pertenece”. Ésta es la primera ilusión en que cae la mayoría. El “poder” político tiene su origen en la voluntad popular. Es decir, proviene de afuera y no de dentro de nosotros. Tanto su origen como su naturaleza pertenecen a la suma de las voluntades sumadas y recogidas en la elección de una votación. El pueblo escoge a sus candidatos, les da su parte de poder que cada uno tiene como ciudadano y, a cambio, el nuevo que sustenta el poder se los devuelve en bienestar común para todos. Esto, por supuesto, en la práctica es, como se dice popularmente, “papel mojado”.
El segundo espejismo o ilusión es creer que el “poder” te da la capacidad de hacer en todo momento y en todo lugar lo que uno quiere. Esto tampoco llega a ser una realidad a como uno con anterioridad lo creyó. El poder te da mucha capacidad de gestión, pero también te hace descubrir los obstáculos y las dificultades que a diario se presentan, que impiden y nos hacen descubrir sus irremediables limitaciones. Sólo los ilusos pueden creer que, con el “poder” podrán hacer lo que quieran. Las circunstancias y la complejidad de la gestión pública constriñen estas capacidades que casi nunca se cumplen a cabalidad.
En tercer lugar, el poder, en cierto sentido es una “imitación del poder de Dios” lo que nos hace falsamente creer que, teniéndolo, no sólo lo imitamos, sino hasta lo creemos “suplantar”.
El poder se vuelve una especie de panacea que nos autodiviniza. Tendemos a fingirnos iguales y semejantes a Dios. En un buen lenguaje filosófico y, a la vez, metafórico, nos convertimos en “monos” de Dios. A como dice Ezcurra en su libro “sobre el Humor”: “… el diablo es una criatura que en su absurda soberbia lo lleva a igualarse con el Creador. Es el “mono de Dios” que, a la larga su imitación deviene en una parodia lamentable y ridícula”.
El cuarto lugar lo ocupa la “Libertad” que supuestamente se alcanza a través de su ejercicio. Esto, también es una ilusión. Que el poder te dé amplitud de movimiento y de acción, eso no quiere decir que la verdadera libertad se identifica o confunda con ellas.
Ser verdaderamente libre significa hacer lo que uno quiere y de gustar hacerlo en cualquier momento y lugar. La libertad se puede definir como una especie de dilatación de nuestras capacidades y talentos que, tan pronto los ejercemos, no encontramos casi ningún tipo de coacción u obstáculo. La libertad para expresarse, para escribir, para hacer negocios, para enamorarse, etc.
El “poder”, en cambio, te constriñe a ciertas obligaciones que no siempre, o mejor dicho casi siempre, no son de nuestro agrado, precisamente porque vienen éstas del exterior y no de lo más profundo de nosotros mismos.
Y en quinto lugar, es el tema de la “riqueza” que, supuesta y realmente se consigue con la adquisición del poder. En la actualidad se ha venido hablando hasta la saciedad de la “corrupción” en la administración pública. Un enriquecimiento rápido e ilícito se ha venido manifestando en las esferas del poder. Esto se debe, por supuesto, a la falta de honestidad e integridad moral de parte de los líderes políticos del momento.
La riqueza del hombre no consiste en la adquisición solamente de “bienes materiales” que no prometen una larga y buena vida para el futuro. El “espejismo” consiste en creer que, adquiriendo esos bienes, uno se vuelve rico y respetable. El “escándalo”, o la “cárcel” son los frutos que se cosechan por esta clase de actuaciones. La sabiduría griega diría lo siguiente: “una persona rica es aquélla que carece de necesidades y se asemeja, por lo mismo, a los dioses”. “Quieres hacer rico a Pitocles?” —dijo en cierta ocasión Sócrates a sus amigos—: “disminúyeles sus deseos”. Las riquezas adquiridas de esta manera, en vez de enriquecer, empobrecen y hacen mezquinos a los que de esta manera las poseen, o mejor dicho, se dejan poseer por ellas.
Todas estas ilusiones o espejismos vienen también acompañadas de otras que le son afines: la seudosabiduría que supuestamente se alcanza con el poder, la “transitoriedad existencial temporal” que ciega con el vislumbre del momento, el creer y procurar mandar permanentemente y la ilusión de creer también mandar sobre otras voluntades.
Ante estos espejismos queda como solución el “realismo” que consiste en lo siguiente: visión clara de la realidad, integrismo moral y honestidad personal; competencias en las áreas en donde uno ejerza el “poder”; experiencia política; talentos y carismas especiales para siempre escuchar y obedecer el mandato del pueblo y, finalmente un gran amor por la Patria y un gran deseo de cumplir con el deber y la obligación de acrecentar su bien y bienestar.
El autor es filósofo nicaragüense