Franklin Caldera
Los planteamientos del manifiesto de la poeta Michele Najlis titulado La Iglesia que queremos, de reciente publicación, coinciden con los de algunos sectores minoritarios de la Iglesia Católica en Estados Unidos, que la conciben como si fuese un supermercado donde cada quien puede seleccionar artículos según su conveniencia. Esto se debe a que la experiencia democrática estadounidense ha permeado la mentalidad y la actitud de muchos católicos respecto de su religión.
El problema es que, querámoslo o no, ninguna religión es democrática pues todas se basan en libros sagrados, atribuidos a la revelación de Dios (la Biblia, el Corán, Los Veda). Creer en el origen divino de cualquiera de tales textos es cuestión de fe y base de toda militancia religiosa.
El manifiesto propone una eclesiología basada en una nueva concepción de las relaciones de poder, que implicaría la sustitución del Papa por un cuerpo colegiado internacional y la elección de los obispos por miembros de las respectivas diócesis. (Considerando que también propone borrar las fronteras entre laicos y sacerdotes, suponemos que los obispos serán elegidos entre parroquianos dedicados a otros menesteres, previa aprobación de algún cursillo sobre teología aplicada, al estilo de los Talleres de Poesía de los ochenta).
El cuestionamiento de la autoridad de Roma no es nuevo. Precisamente fue el origen de las dos corrientes protestantes primigenias del siglo XVI: El Luteranismo y el Anglicanismo, surgido cuando el rey Enrique VIII se proclamó jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra (ante la negativa de Clemente VII de declarar la nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón). Estas dos corrientes han generado más de un centenar de denominaciones y sectas (casi todas de origen anglosajón), con interpretaciones antitéticas de los textos bíblicos.
La impulsión de reformas dentro de la Iglesia puede tener dos propósitos opuestos: Fortalecerla, como fue el caso del Concilio Vaticano II (1962-65); o erosionarla, como se trató de hacer con la manipulación de la Teología de la Liberación (elaborada con las mejores intenciones), tendiente a captar a la población católica y desacralizar el cristianismo con el fin de facilitar su absorción por las estructuras ideológicas del marxismo-leninismo.
Para la Iglesia Católica, el Pontificado es fundamental. Sin esa institución, el Catolicismo no habría podido sobrevivir 2,000 años de historia, durante los cuales se ha extendido por diferentes continentes.
El manifiesto de Najlis refleja cierta nostalgia por el anarquismo de los primeros años del cristianismo. Por eso da un salto desde el Concilio de Jerusalén, precedido por Pedro, Pablo y Bernabé (en el que se reconoció la diversidad cultural, no doctrinal como insinúa el manifiesto), hasta un nuevo Concilio de Jerusalén propuesto por ella, pasando por alto los 22 concilios ecuménicos que han conformado la doctrina católica. Pero no es lo mismo un cristianismo en formación compuesto por grupos aislados difundidos por el Imperio Romano, que una Iglesia extendida por todo el mundo con mil millones de fieles.
Desde la perspectiva católica, el Pontificado fue instituido por Jesús cuando le dijo al apóstol Simón: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de Dios y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mateo 16; 18-20).
En estas palabras y en la selección de los 12 apóstoles están las raíces teológicas del sacerdocio, que Najlis llama, peyorativamente, “casta sacerdotal” y cuyas potestades de conducción, según ella, deben ser asumidas por “todos y todas los cristianos y las cristianas”.
Esta propuesta olvida que las bases del sacerdocio son la vocación, es decir, el llamado de Cristo para renunciar al mundo y dedicarse a servir a Dios, y el conocimiento a fondo de la doctrina cristiana. Además, la autoridad para consagrar y administrar los sacramentos emana de esa estructura piramidal precedida por el Papa. La diferencia entre laicos y sacerdotes no es artificial, como dice el manifiesto, sino que se apoya en la renunciación, la dedicación, el estudio y la investidura.
El Sumo Pontífice es un líder espiritual, no un dirigente político que puede cambiar de rumbo según los resultados de las encuestas. (¿Se atrevería alguien a decirle a un ayatolá o a un rabino cómo debe dirigir a su grey?). En sus actuaciones debe ceñirse a los textos sagrados y doctrinales.
Por ejemplo, es difícil para Roma autorizar la comunión de los católicos casados por la Iglesia y luego divorciados y vueltos a casar por lo civil con otra persona, mientras viva el cónyuge anterior y continúe la nueva relación. Jesucristo en esto fue contundente: “Quien repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio, y el que se casa con la divorciada comete adulterio” (Mateo 19; 9). El mismo carácter concluyente tiene la frase: “Quien mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón” (Mateo 9; 28), con la que Jesús restringió la actividad sexual al ámbito del matrimonio religioso. A este respecto, es pertinente señalar que los homosexuales no están “estigmatizados” por la Iglesia, como afirma Najlis. El problema es que, al no existir el matrimonio religioso entre homosexuales éstos deben practicar la abstinencia sexual para conservar la gracia, igual que las personas solteras o no casadas por la Iglesia, lo que resulta sumamente difícil para los homosexuales, debido al carácter permanente de su situación.
No obstante, las actitudes tradicionales de la Iglesia respecto del celibato, el sacerdocio femenino y el control de la natalidad tienen más posibilidades de cambiar.
Otros puntos que Najlis esgrime ya fueron incluidos en el Concilio Vaticano II, donde se condenó la guerra; se exhortó a la comunidad internacional a trabajar para poner fin a la pobreza; e incluso se reconoció la posibilidad de salvación fuera de la Iglesia. Michele tiene las opciones de incorporarse a otra religión más acorde con sus íntimas convicciones; establecer una relación directa con Dios sin mediación de ninguna religión institucionalizada o fundar la suya propia. La militancia dentro del catolicismo es voluntaria. Como dijo Jesucristo: “El que pueda con ello que lo acepte”.
El autor es crítico de cine