Alejandro Serrano Caldera
La obra de Jean Paul Sartre llenó toda una época en el siglo XX y ocupó una parte importante de mis lecturas de juventud, en mis años de estudiante universitario en Roma y, tiempo después, en los casi seis años que viví en París.
La lectura, o relectura, de Sartre es quizás una forma inconsciente de regresar a la juventud de los años sesenta, de reconstruir en la memoria un tiempo desaparecido que sin embargo sobrevive en las ideas, en el arte, en la visión de la cultura, la sociedad y la política, en las formas de vida en donde yacen en calma pero palpitantes, sedimentadas ya pero con vida todavía, proclamas y consignas que agitaron París y el mundo en 1968.
Cómo no recordar los fulgurantes debates del Barrio Latino en el Teatro Odeón recogidos en libros, ensayos y artículos, o las famosas pintas de los muros de París desde donde los estudiantes universitarios lanzaban sus mensajes: “La imaginación al poder”, “Prohibido prohibir”, “Seamos realistas, exijamos lo imposible”, “Rechazo esta sociedad que me da medios para vivir pero no razones para vivir”, entre otros.
Y si bien el mundo no se hizo a imagen y semejanza de las consignas de París, ninguna utopía se realiza totalmente, el mensaje se instaló en el corazón de la sociedad rechazada. Las críticas al consumismo, a la visión exclusivamente utilitarista, el mensaje de una sociedad alternativa basada en la solidaridad, han pervivido en un mundo en el que más bien se han acentuado las tendencias de la sociedad cuestionada por la Rebelión de mayo del 68.
Sartre fue un símbolo de este movimiento. El viejo filósofo radical que caminaba junto a los jóvenes por las calles del Barrio Latino repartiendo panfletos y proclamas, fue uno de los pocos intelectuales y pensadores que se salvaron del implacable ataque de la juventud contra sus maestros. Otros reconocidos y respetados por sus discípulos, fueron François Chatelet y Henri Lefebvre.
Raymond Aron, preciso, metódico, riguroso, enemigo de todo exceso imaginativo y verbal fue el blanco principal de los ataques de los jóvenes parisinos. La historia ha demostrado que en muchísimas cosas Aron tenía razón y no Sartre. Sin embargo, en la búsqueda del todo o nada y en la persecución de imposibles, los escritos de Sartre coincidían con las ilusiones desenfrenadas de la juventud. Recordemos aquella otra proclama de los universitarios lanzada desde los muros de la ciudad: “Preferimos equivocarnos con Sartre que tener razón con Aron”.
Pero Sartre fue mucho más que el 68 parisino, fue también el filósofo del Existencialismo que surgió en 1945 en las Caves de París, y que se dispersó por toda Europa entre las ruinas todavía humeantes de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Pero antes aún, La Náusea, en 1938, va a inaugurar la novela existencialista instalada sobre la miseria del corazón humano.
El Ser y La Nada y la Crítica de la Razón Dialéctica, habrían de ser para toda una generación, un punto de vista obligado para entender la renovación del pensamiento hegeliano y marxista y una perspectiva para comprender el existencialismo como filosofía y actitud ante la vida, que, por demás, apasionaba a la juventud de los años sesenta desde sus diferentes perspectivas: las visiones de Jaspers, Marcel y Maritain, en su versión cristiana que proviene de Kierkegaard; y el punto de vista de Heidegger, Sartre y Camus, diferentes entre sí, desde una posición atea.
La Náusea y El Muro fueron los primeros relatos que leí de Sartre en los años de secundaria. El impacto de esa literatura situada en los aspectos miserables de la existencia fue muy grande para mí.
También lo fue el mensaje existencial de Roquentin, la figura principal de La Náusea quien llega a Bouville para escribir un libro sobre un personaje del siglo XVIII llamado de Rollebón, sospechoso de haber tomado parte en el asesinato de Pedro I.
Roquentin no escribirá el libro pero descubrirá, a través de ese intento, el sentido verdadero de la vida en Bouville, en la que, para algunos autores, Sartre identifica a una ciudad como Le Havre.
Su obra toda es un angustioso reclamo a vivir aceptando la totalidad de la existencia como unidad inseparable, lo cual incluye, por supuesto, los aspectos deleznables del humano existir. La Náusea, El Muro, La Edad de la Razón, primer tomo de Los Caminos de la Libertad, El Reenvío, segundo tomo de la misma obra; lo mismo que sus obras de teatro, Las Manos Sucias, El Diablo y el Buen Dios, Los Secuestrados de Altona y su obra propiamente filosófica, El Ser y La Nada, La Crítica de la Razón Dialéctica, Merleau Ponty Viviente, La Imaginación, y, sobre todo el Existencialismo es un Humanismo, constituyen, a mi modo de ver, un esfuerzo considerable para fundamentar una filosofía de la vida que parta de la existencia, a secas, consciente, según Sartre, de su orfandad divina y metafísica.
Cómo no recordar, además, el Prólogo inolvidable de un libro inolvidable por extraordinario: Los Condenados de la Tierra, de Franz Fanon. Ambos, el prólogo y el libro, de impacto considerable en las lecturas constitutivas de toda una generación de los años sesenta en Nicaragua y en el mundo.
Sartre busca el sentido teórico y ético de un nuevo humanismo y parte de un radicalismo filosófico sin apelaciones. “El hombre se encuentra abandonado a sí mismo —dice— porque no encuentra nada fuera de sí en que fundamentar sus acciones”… “El hombre no es otra cosa que lo que proyecta ser”… “No existe sino en la medida en que entra en acción; no es otra cosa que su vida; no el sueño desilusionado ni la esperanza frustrada”… “Un hombre no es otra cosa que una serie de iniciativas, de las que él es la suma, el ordenamiento…”
“No tenemos ni delante de nosotros, ni tras nosotros, en el luminoso reino de los valores, justificación o excusa, estamos solos y sin excusas… El hombre está condenado a ser libre”. Y ante el furor de un individualismo desmesurado, la discriminación del extranjero, la condena de toda diferencia y la agonía de la solidaridad, va a exclamar: “el infierno es el otro”.
Dueño de sus actos el ser humano lo es también de su propia angustia, compañera inevitable de todo aquél que decide, parte consustancial de toda decisión.
Sartre cumple cien años de su nacimiento. Nació en París el 21 de junio de 1905. Su obra, en muchos aspectos, parece desmentida por el tiempo. Muchas de las ideas expuestas en sus libros parecen descoloridas y afectadas de inmadurez, pues el drama de los libros no es tanto envejecer como volverse infantiles.
A pesar de que difiero de muchas cosas del pensamiento sartreano y haciendo uso de esa libertad que él como nadie proclamó, creo que, a pesar de la niebla con que ha cubierto su obra el paso de los años y de los acontecimientos, se preservan radiantes su fuerza y convicción sobre la libertad y la acción humana. Rescatándolo de las manos (las garras) de sus furibundos detractores y sus apasionados admiradores, resplandece, en medio de las cenizas, lo esencial de su mensaje en tanto que incitación a la libertad y a la creatividad en la acción.
El autor es filósofo nicaragüense