Voluntad general y democracia

Pablo Sanabria

Cuando las bancadas mayoritarias del poder Legislativo decidieron reformar la Constitución Política para limitar funciones al Ejecutivo, apelaron a su representatividad. “Nosotros —decían— somos las bancadas por las que votó la mayor parte del pueblo nicaragüense; por lo tanto, tenemos el derecho de tomar decisiones como ésta sin tener que consultar con nadie”.

A priori, el argumento suena convincente. Sin embargo, al analizarlo con mayor detalle descubrimos que se trata de una verdad a medias. Aunque Rousseau decía en su teoría política que un poder del Estado, una vez constituido, se convierte en una asociación de individuos con un interés y una voluntad general propios, esta voluntad y este interés pueden en determinado momento entrar en conflicto con los intereses y voluntad de quienes les eligieron. Las reformas constitucionales hechas por los pactistas y dirigidas al aumento de atribuciones del Poder Legislativo han generado ese conflicto de intereses y voluntades. Por eso, los legisladores tenían que consultar con la ciudadanía antes de aprobarlas. Así se hubiera evitado la crisis institucional que atravesamos actualmente.

La representatividad de los partidos políticos en el Poder Legislativo no significa que éstos puedan hacer lo que les dé la gana, sobre todo cuando las decisiones que van a tomar afectan la forma de organización del Estado, el balance de poderes y los intereses económicos de amplios sectores sociales. Así, pues, el argumento de representar la voluntad general no siempre es válido y suficiente. En nuestro caso concreto, se ha usado como pretexto para no responder a las voces que reclaman su derecho a ser oídas y respetadas. Especialmente cuando todos sabemos que las reformas constitucionales tienen un trasfondo político partidarista y no el bienestar general.

Esta misma manipulación del concepto de representatividad puede observarse en lo relativo a la no-realización de primarias para la elección de candidatos presidenciales en los partidos pactistas. ¿Tienen las bases el derecho de escoger directamente a sus candidatos presidenciales? ¿Deberían ser consultadas por sus líderes? ¿Qué es más democrático? Las cúpulas “representativas” se amparan en la autoridad delegada por sus partidarios, en estatutos, y en otros procedimientos formales para imponer su voluntad verticalmente. Así, al interior de un mismo partido, el interés y la voluntad de un sector reducido se impone sobre el interés y la voluntad de la gran mayoría.

¿Qué alternativa le queda al pueblo cuando las cúpulas partidarias se amparan en doctrinas políticas para negarle su derecho de opinión y decisión? Rebelarse. Resistirse. Oponerse. Buscar alianzas. Manifestar su desagrado públicamente. La importancia de la marcha cívica del jueves pasado no radica en su número sino en que la ciudadanía hasta hace poco silenciosa y pusilánime, ha comenzado a perder el miedo y a ejercer el poder que tiene en sus manos. Cuando los pueblos despiertan, los dictadores tiemblan. Mantengamos viva la esperanza.

El autor es abogado.

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