Eduardo Enríquez
El jueves quedaron claras dos cosas. Que la ciudadanía ha decidido tomar la conducción de su destino en sus propias manos, y que la cúpula que controla al Frente Sandinista no ha cambiado un ápice en sus inclinaciones totalitarias y sus métodos terroristas.
El martes, dos de los personajes más radicales bajo el mando del secretario perpetuo del Frente Sandinista, Daniel Ortega, no tuvieron empacho en lanzar amenazas contra las personas que pensaban ir a la marcha contra el pacto.
Jásser Martínez, presidente de la Unión Nacional de Estudiantes de Nicaragua (UNEN), de reconocida filiación orteguista, salió diciendo el miércoles que los ciudadanos que irían a la marcha contra el pacto no podían pasar por la Avenida Universitaria, porque era “un bastión de los estudiantes” que demandan el 6 por ciento.
El mismo día, el “doctor mortero” Gustavo Porras, diputado orteguista y secretario del Frente Nacional de los Trabajadores (FNT), reiteró que “los estudiantes no permitirán que la oligarquía y el gobierno pasen por la Avenida Universitaria”. Y habló, como en los años 80, que el Cosep “estaba presionando” a los trabajadores a ir a la marcha.
Pero eso no les bastó, y al día siguiente fue el mismísimo secretario perpetuo el que salió hablando contra la marcha y dando a entender que sólo los partidos políticos podían manifestarse en las calles, mientras un grupo de supuestos estudiantes trató de detener el tráfico frente a la UCA, con adoquines y los consabidos morteros.
Nada de eso funcionó, y la gente se dispuso a marchar, por lo que los orteguistas salieron encapuchados, como delincuentes, a bloquear la Avenida Universitaria, a tirar “danielitos” para ponchar llantas y en los departamentos bloquearon las salidas a Managua.
Aún y con toda la intimidación, cerca de 50 mil personas marcharon en orden, sin morteros, sin amenazas, sin violencia, sin llantas quemadas, para ejercer su derecho ciudadano a repudiar el pacto entre arnoldistas y orteguistas. Ortega y sus seguidores deben haber llorado de la impotencia, ahogándose de la rabia de no disponer, como en los años 80, de todo el aparato estatal que les permitió abortar marchas como la de Nandaime en dos ocasiones.
Debieron estar ciegos de furia de no poder evitar que la gente se expresara libremente y dijera que no está de acuerdo con sus mentiras, desmanes y manipulaciones.
Es por eso que la marcha del jueves no sólo servirá para romper la inercia ciudadana y convencer a los nicaragüenses de que sí podemos cambiar las cosas.
La marcha del jueves sirvió para dejar clarísimo el espíritu totalitario de los orteguistas, que no dudarán de usar todos los medios a su alcance para acallar cualquier voz independiente y libre.
Por eso la conclusión de los nicaragüenses debe ser que no hay que dejar de expresar sus ideas y de organizarse contra el pacto, para lograr un cambio en la Ley Electoral, y el día de las elecciones salir a votar por la derrota definitiva del pacto.
A Ortega estos 15 años sin la banda presidencial sólo le han servido para llenarse de más intolerancia, eso está claro.