Salvador Stadthagen
No hay duda que la crisis actual es debida al secuestro que de los hasta ahora principales partidos políticos del país han hecho los dos caudillos.
Al anular las posibilidades de cualquier competencia, menos democracia es lo que han ofrecido a sus respectivos partidos y por ende a los nicaragüenses. La inexistente democracia partidaria está conduciendo al rápido agotamiento de lo que muchos, con relativa simpleza política y fijados en analogías históricas inexactas, habían perfilado como un bipartidismo inexorable. De esta simpleza de análisis no escaparon inicialmente siquiera los ojos del Norte, quienes tienden a ver el mundo con el prisma de su propia experiencia democrática bipartidaria, funcional y centenaria.
El PLC actual, creación relativamente reciente, recoge la bandera pisoteada y hasta clandestinizada por la década sandinista y con ella encabeza la corriente de un liberalismo histórico latente. La bandera se la apropia un caudillo con aspiraciones y añoranzas de dinastía, la enloda de corrupción y la entrelaza con la bandera rojinegra.
La legitimidad se gana, los sellos se fabrican. Una maquinaria electoral de sólo dos elecciones de edad no es insustituible, sobre todo cuando los principales portaestandartes han perdido autoridad moral para continuar encabezando esa importante corriente histórica.
A menos que el PLC decida dar un giro rápido, abriéndose a unas elecciones primarias transparentes, sin exclusiones y verdaderamente democráticas, que restablezcan su credibilidad y autoridad moral sobre su base, legitimen a sus candidatos y abran camino a las necesarias alianzas con las fuerzas políticas limpias, demostrará que se ha resignado a convertirse en un partido satélite del sandinismo y conforme con compartir algunos despojos del poder. Al fin y al cabo ¿no es esto lo que ambos caudillos han elaborado juntos en la mesa de diseño?
La génesis de una gran alianza de todas las fuerzas verdaderamente democráticas del país, avalada por el deseo de más, no de menos democracia, ya está dada. Más de un 75 por ciento de los nicaragüenses así lo han expresado en las encuestas.
Esta gran alianza podría dar al elector nicaragüense lo que ni el PLC ni el FSLN han podido: más democracia. Esta potencial alianza podría convocar a una elección primaria voluntaria, donde competirían los candidatos que levanten del suelo el estandarte legítimo del liberalismo, pisoteado por el arnoldismo; del conservatismo, de la resistencia, los cristianos y otras fuerzas verdaderamente democráticas. En la organización de esta primaria y de sus reglas estaría el germen de una sólida coalición que capture la imaginación del pueblo y de la sociedad civil organizada.
Una coalición con reglas claras, donde los perdedores el mismo minuto que los votos se cuenten respalden sin reservas al ganador y donde quede claro su propio espacio. Una primaria que no sólo resalte los liderazgos nacionales, sino donde se compitan las diputaciones. Una primaria que contraste con las maneras de elegir de los dos partidos convertidos en dinosaurios.
La comunidad internacional no tendría mayor inconveniente en ayudarnos a financiar elecciones primarias. Falta de recursos no es una excusa.
Si vamos a hablar de analogías históricas, ¿por qué no ver hacia 1989? ¿Qué estructuras partidarias tenían la UNO y doña Violeta? ¿No olía a fraude también el CSE? El catalizador, entonces un sandinismo agotado moralmente, lo es ahora el odioso pacto.
No podemos volvernos a dar el lujo, hasta que exista una izquierda responsable, de que la coalición que se pueda formar para enfrentar a Ortega en el 2006 sea coyuntural y transitoria. No debe ser una fórmula solamente electoral, sino una que garantice la viabilidad del país por los próximos quince o veinte años. Que dejen de haber las zozobras cada cinco años, que el inversionista nacional o extranjero, o yo el individuo, podamos realmente planear nuestro futuro. Para la búsqueda de un esquema organizativo que nos dé más democracia, veamos hacia el sur. Construyamos una concertación a la chilena, fuerte y con permanencia, dispuesta batallar a los enemigos comunes: el caudillismo trasnochado y la pobreza.
Ciertos políticos nos han querido dar cada vez menos democracia, sólo los venceremos con dosis mayores de ella. Nicaragua sólo podrá tener futuro si es fortalecida con esta medicina.
El autor es Embajador de Nicaragua en Washington.