Madres sociales

Erwin Rocha

He escuchado tantas veces decir a muchas mujeres que el sentimiento de la maternidad es una de las experiencias más maravillosas que puede alguien experimentar. Y lo creo, por que convirtiéndose en padre, un hombre también vive uno de los momentos más emotivos posibles, y sin haber nutrido dentro del mismo cuerpo, durante nueve largos meses, a ese pequeño nuevo ser en que normalmente los padres depositamos nuestras esperanzas, nuestros sueños, nuestros miedos. También se puede valorar esta experiencia desde el papel de hijo; el amor hacia la madre es único, inexplicable, inconmensurable.

Es por ello incomprensible cómo tantas madres deciden por uno u otro motivo no luchar por sus hijos, no vivir sus primeros pasos, arrancar su primer diente, llevarlo de la mano a su primer día de escuela. Han sobrado las excusas: “¡Era tan joven, que no sabía a lo que me estaba metiendo!”, “¡Fue un accidente, yo no lo deseaba!”, “¡No tenía ni con qué alimentarlo!”, “¡Me recordaba al tipo que me abusó y la violencia que viví!”, etc. Los hombres, desde luego hemos sido generalmente mucho más irresponsables ante la paternidad, y la mayoría de las veces, sin el menor motivo comprensible, huimos de esa tarea tan hermosa.

En el otro extremo de la opción maternal están aquellas mujeres que asumen alegremente el compromiso de convertirse en madres de un niño (o muchos) al que no han alimentado con su propia sangre, en su mismo vientre, y muchas veces, ni conocen su procedencia. A estas “madres sociales” es que debe la sociedad el mayor reconocimiento y gratitud, y desgraciadamente durante las celebraciones del Día de la Madre, ni siquiera se les menciona.

Podemos perfilar algunas de estas heroínas de nuestros tiempos: las madres adoptivas, que por no tener hijos propios y más aún las que teniéndolos deciden abrir las puertas de sus familias y sus corazones a un nuevo miembro, a quien acogen con todos los derechos de los hijos propios, sean o no familiares biológicos. Las madres sustitutas que por encargo institucional, o por decisión personal, acogen temporalmente a niños en abandono por parte de sus padres. Las madres sociales propiamente dichas que han asumido como tarea profesional, pero al mismo tiempo como opción de vida la maternidad de niños que se encuentren en abandono u orfandad.

En este grupo es digno destacar a las madres de las Aldeas SOS, quienes además de asumir este encargo social como profesión y como opción de vida, en la práctica renuncian a la conformación de una pareja, de una familia biológica propia. El mismo hecho de vivir en las Aldeas de manera permanente, a cargo de grupos de entre ocho y diez niños les supone la imposibilidad de dedicar tiempo y atenciones a otra cosa que no sea su familia de la Aldea. Esto pasa por no estar presente en sus hogares de origen en fechas tan especiales como la Navidad, las fiestas de Año Nuevo, cumpleaños familiares, y el mismo Día de las Madres, en que sus hijos de la Aldea por supuesto reclaman su presencia en los actos escolares y en la alegría de sus hogares.

Sea para estas madres, heroínas anónimas, el mayor respeto y reconocimiento por esa entrega sin límites, por esa tarea sublime que significa darse como madre de un niño que ha perdido a su madre biológica.

El autor es director de Aldea Infantil SOS

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