El odio como causa política

Para muchas personas es difícil entender por qué los liberales del PLC están sirviendo como instrumento del sector más recalcitrante del FSLN —el orteguismo—, haciéndole un grave daño a la economía nacional, a la institucionalidad democrática, al sistema de libertades públicas e individuales, al presente y futuro de Nicaragua, inclusive ayudando a levantar la horca donde muchos de ellos podrían también después ser colgados.

La razón que tiene el FSLN para actuar como lo viene haciendo desde hace mucho tiempo, es absolutamente clara y comprensible, pero no justificable, salvo por quienes sin ser sandinistas están con ellos por codicia de poder. Por su propia ideología la cúpula extremista del FSLN odia hasta la posibilidad de que Nicaragua salga del atraso y la pobreza. La máxima aspiración del FSLN ha sido siempre poder igualar en la miseria a todos los nicaragüenses, menos a la nomenclatura sandinista, por supuesto. Por eso es que ahora, como contraposición a la estrategia de crecimiento económico y desarrollo social que representan los tratados de libre comercio internacional, Daniel Ortega quiere tomar el poder para uncir a Nicaragua a la llamada Alternativa Bolivariana de las Américas (Alba), que es una alianza agresiva, pro comunista y antiestadounidense, de Fidel Castro con Hugo Chávez.

Pero los liberales del PLC, que supuestamente son demócratas, ¿qué pito tienen que tocar en esa marcha fúnebre del autoritarismo izquierdista latinoamericano? A decir verdad, lo único que explica su actitud es el odio —o resentimiento, que es lo mismo— al presidente Enrique Bolaños.

Algunas personas creen que la lealtad irracional de los directivos y cuadros del PLC a Arnoldo Alemán, se debe a que temen ser enjuiciados por corrupción, igual que su líder. Otras creen que es por agradecimiento al caudillo, ya que fueron beneficiados de una u otra manera por la corrupción de Alemán. ¿Cómo no va a ser fiel a Alemán —dicen— el político oscuro que gracias a la corrupción del gobierno de Alemán dejó de vivir en un modesto barrio de clase media baja y ahora reside en un reparto exclusivo de millonarios, donde se codea con los rancios apellidos oligárquicos a los que en sus discursos partidistas afirma odiar?

Se asegura que el odio de Arnoldo Alemán y la cúpula del PLC hacia el Presidente de la República —por lo cual le están haciendo un grave daño a todo el país—, es porque consideran que Bolaños los engañó fingiendo ser uno de ellos, para llegar a la Presidencia de la República en hombros de su partido y una vez en el poder asestarles la puñalada. Y esta traición no se la perdonarán jamás.

En realidad, el odio siempre ha sido un ingrediente muy importante de la política, aquí y en todo el mundo. “El hombre está compuesto por el bien y el mal, y ambos elementos luchan dentro de él por manifestarse”, advierte el laureado escritor argentino Marcos Agustini, quien recientemente publicó un libro sobre el tema. Y agrega que “el odio juega un rol axial” (como eje) en el hombre y sólo su desarrollo cultural y su apropiación de los valores de la solidaridad, la piedad y el amor, le permiten vencerlo y que prevalezca en su conducta la parte buena que existe igualmente en todos los individuos.

Vladímir Ilich Lenin planteó que el odio de clases era un factor subjetivo indispensable para que la revolución comunista pudiera triunfar. Y el Che Guevara proclamó que el verdadero revolucionario tenía que ser como una fría máquina de matar.

Pero no sólo en el bando comunista el odio desempeña una función axial. “Que me odien con tal de que me teman”, repetía a menudo el sanguinario emperador romano Calígula, según Suetonio, el clásico historiador de la antigüedad . “El cadáver de un enemigo muerto siempre huele bien”, exclamó Carlos IX de Francia ante el cuerpo putrefacto de su mortal enemigo, Gaspar de Coligny. Bruno Ganz, el actor alemán que interpreta la más reciente película sobre Hitler, revela haber sido “incapaz de entender su odio a los judíos. Vi que siempre había en él ausencia de piedad, de compasión, pero en ese aspecto, el del odio racial, sólo vi el punto ciego en la oscuridad de la conciencia”.

Desgraciadamente, en ese mismo punto ciego, de oscuridad de la conciencia, es que se está haciendo la política en la Nicaragua de hoy.

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