Alfonso Dávila Barbosa
Marqué en mi calendario el 2 de mayo del año como el día de la partida de Juan Pablo a las regiones celestiales. Manifiesto con fervor católico que este Papa del que me ocupo en este escrito dejó sus pasos peregrinos bien marcados en las arenas del tiempo.
Mi vínculo con la Iglesia Católica suma varios lustros, y recuerdo con mucho regocijo que a la par de mis estudios universitarios en la facultad de Derecho de León (1948-1954) impartí clases de primaria en colegios religiosos, y ello fortaleció la inquietud de conocer y todavía sigo estudiando y conociendo la vida del Vaticano y la Iglesia.
Como maestro de secundaria por 15 años siempre estuve atento a la entrega de la enseñanza y el cuido de la dignidad del magisterio.
Devoto lector siempre de los documentos del Vaticano y de sus cartas pastorales tengo en mi archivo la Encíclica Rerun Novarun, de León XIII, la Pacen in Terris, de Pablo VI, y todos los manifiestos religiosos de nuestro admirado y nunca bien llorado Juan Pablo II.
Cuando se publicó en noviembre de 1969 una Carta Vaticana suscrita por Pablo VI, dedicada al magisterio, que califique de muy sobresaliente, me permití enviarle una carta a Su Santidad Pablo VI, autor de la citada Carta Vaticana. A los días recibí muy emocionado carta de la secretaria del Estado del Vaticano de acuse de recibo de mi carta y que con todo respeto transcribo esta parte: “El Santo Padre recibió su atento escrito, y me es grato participarle también que de corazón otorga a usted y a sus familiares, en prenda de continuos y escogidos dones divinos, la Bendición Apostólica”.
Y respeto al libro Memoria ¡Levantaos! ¡Vamos! Confieso que lo he leído con mucho afecto y simpatía, libro que me obsequió el padre César Castillo Rodríguez, amigo de respeto y de mucha inteligencia.
Juan Pablo, ya en el reino de Dios, presenta en su libro cómo nació y cuál fue la fuente de su vocación religiosa; y variados aspectos de su vida seminarista y su amistad con sus maestros y tutores y el valor de la simbología eclesial desfilando ahí el Santo Crisma, la Mitra y el Báculo, su definida devoción por la Virgen María, el inolvidable día de su ordenación sacerdotal, su nombramiento como Obispo Auxiliar de Cracovia y su elección como Papa el 16 de octubre de 1978. Reconoce nuestro Juan Pablo II los profundos estudios que realizó sobre teología y del mundo cultural que absorbió con mucho deleite. Finalmente Juan Pablo hace un relato largo del papel de los obispos y su fortaleza en la fe y los rituales de la Iglesia Católica, interesante pero muy interesante este libro. El título de este libro que comento en estas líneas es reproducción de lo que Jesucristo dijo a los suyos en Getsemaní cuando les dijo: ¡Levantaos! ¡Vamos! para que le siguieran en su amorosa como dolorosa peregrinación. Y agrega Juan Pablo esta invitación vale para nosotros los obispos y todos los sacerdotes.
Cuando fue electo Papa Juan Pablo II y al salir al balcón de la Santa Sede para saludar a los feligreses que estaban en la Plaza de San Pedro, les pidió disculparlo por no pronunciar bien el idioma italiano y seguidamente dijo en este idioma con buena pronunciación: “Viohiedo di pregare per me, perche possa compiere fina alla finc. La opera che Dio mi ha assegnato” (“Les pido que recen por mí para que pueda cumplir hasta el final la obra que Dios me ha asignado”.)
Pido a Dios nuestro señor brindarle a Juan Pablo los honores celestiales que se merece, e invitarle a mantener su perdón a los que lo injuriaron, ultrajaron, incluso al sujeto que quiso matarlo sin piedad alguna. De su libro sólo agrego que vale y valdrá para la eternidad como un testimonio sentido, sublime y sincero de un santo y noble varón. ¡Así sea!
El autor es asesor legal penal, Masaya