Reforma y contrarreforma

José Joaquín Quadra [email protected]

Qué tal se vería que después de haber bajado los salarios de los funcionarios públicos se redujera el número de diputados de 92 a 45 y que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia volvieran —como en tiempos de doña Violeta—, de 16 a 9 miembros y los contralores de 5 a 1. Qué tal si compactaran algunos ministerios, o eliminaran la figura del Vicepresidente quien inexplicablemente desde cuando compite y es derrotado en la convención de su partido se convierte poco a poco en enemigo y conspirador del Presidente. ¿Sería todo esto una reforma total o parcial? ¿Sería bueno o sería malo?

A pesar de que estoy convencido que lo que le da a una norma su valor, su carácter normativo, es precisamente el ser duradera, y que existen verdades inmutables, que no pueden ser cambiadas como por ejemplo el concepto de Dios, cuando se comenzó a hablar de las reformas constitucionales (parciales), con una que otra excepción no fueron de mi total desagrado. A pesar de la protesta generalizada algunas de éstas hasta me parecieron necesarias, parecían un salto evolutivo en nuestro proceso democrático; el problema era el momento en que se hacían y el porqué se hacían. En este caso, como en muchos otros de nuestra historia, además de la dramática frecuencia y ligereza con que se hacen, y ya prácticamente convertidas en unas reformas totales, estaban hechas con nombre y apellido.

En todo caso la historia está llena de reformas. La vida misma, nuestra vida individual es una historia llena de reformas. Es el tránsito “obligado” que nos evoluciona como seres humanos, que puede hacernos mejorar en valores y virtudes, permitirnos echar raíces, anclar o trascender, o también puede destruirnos.

Sí, la historia está llena de reformas. Por ejemplo, la Europa del siglo XVI estuvo plagada de grandes cambios geopolíticos, sociales y religiosos. Era época de grandes reformas, algunas buenas, otras malas; otras mediatizadas y otras hasta fanatizadas; otras adelantadas a su época. Eran tiempos de reformas.

Por eso cuando el monje agustino Martín Lutero inició allá por 1517 la Reforma Protestante el mundo europeo se conmocionó. Lutero, un estudioso y teólogo admirable quería combatir entre otras cosas, la venta de indulgencias, especialmente a príncipes y señores feudales que deterioraban la imagen de la Iglesia Católica. No sé por qué, me recuerda a Nicaragua y algunas bendiciones políticas que se a veces se dan, me imagino que a cambio de algo, como con las indulgencias en tiempo de Lutero.

El movimiento reformista coincidió con el nacimiento del estado moderno de occidente, que traería a la par la consolidación del absolutismo y un nacionalismo que quería entre otras cosas, iglesias más nacionales (fuera de la órbita de Roma) más sujetas al poder temporal. Otros sectores influyentes —como ha ocurrido en Nicaragua con el problema de la propiedad—, presionaban las reformas buscando cómo “apropiarse”, en este caso, de los de por sí cuantiosos bienes de la Iglesia.

Por ello en gran parte la Reforma se desbordaría —alentada por esos diferentes grupos de presión— hacia otras materias cuestionando la mayoría de los sacramentos, el celibato, la autoridad papal, etc., y que degenerarían en una lucha cruenta alejándose poco a poco del dogma católico-romano. El problema de Lutero —como ocurre con algunos políticos nuestros— fue llegar a posiciones tan encontradas que al final rompería con la Iglesia, lastimándola, dividiéndola. Esas posiciones prácticamente irreconciliables culminarían con la condena de sus enseñanzas (1520) y su posterior excomunión (1521).

Como toda reforma, la Protestante traería en sí misma su Contrarreforma. Sería San Ignacio de Loyola y su ejército de jesuitas, como una verdadera milicia espiritual, la punta de lanza que combatiría al protestantismo, sumado por supuesto a la eliminación de las indulgencias por venta y a una verdadera renovación dentro de la Iglesia que lograría neutralizar bastante sus consecuencias. Por ello, a pesar de todo, la Iglesia Católica saldría robustecida, mientras que la Reforma se fragmentaría.

Aquí en Nicaragua me parece necesitamos una contrarreforma pero que salga desde adentro, desde la parte más legítima de nuestra estructura social que es el pueblo. Una contrarreforma desde abajo, que presione y se exprese, que cuestione y quizás —por qué no— que exija un referendo, que lo plantee, que lo pelee.

Qué tal sería un contrarreforma que norme o regule la selección de los candidatos a la Presidencia mediante elecciones primarias; que no permita la reelección absoluta; que despartidarice los poderes del Estado exigiendo que los nominados para aspirar a alguna posición en la Corte Suprema, Consejo Supremo Electoral o Contraloría General de la República no hayan tenido al menos durante el último período electoral una participación partidista visible, ostensible. Por ejemplo, que un diputado o un ministro —lo que no es malo en sí mismo— no pueda pasar de la Asamblea Nacional o del Ejecutivo a ninguna de esas instituciones precisamente por su alto grado de politización, evitando la formación de bancadas en estas instituciones que distorsionan el ejercicio de sus funciones, su carácter nacional y apartidario. Qué les parece una contrarreforma que obligue a seleccionar por “competencia” a los nominados a esos cargos y que permita escoger por voto directo a nuestros legisladores y que además estos diputados no puedan reelegirse. ¡Sí que valdría la pena!

El autor es Abogado

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