Doña Lila T. y el poder

Cristiana Chamorro [email protected]

No le gusta que le digan “Primera Dama”, dice que le suena como un mal apodo pero lo acepta, porque la gente y su esposo el presidente Bolaños se lo han puesto. Prefiere que le llamen Lila T., su nombre de pila con T a secas, porque así refleja su carácter: mezcla de Teresita del Niño Jesús y de terquedad que utiliza no para pelear sino para que la dejen ser ella y no cambiarse ni siquiera sus “chancletitas” como le llama a sus zapatos de siempre.

Cuando ha tenido que salir en defensa propia, por ejemplo frente a señalamientos del Contralor de la República, doña Lila prefiere presentarse con sus apellidos de soltera.

Abaunza-Abaunza, y no de Bolaños, “para que sepan que soy brava”, me dijo en una entrevista que le solicité para conocer su visión del poder político y cómo lo ejerce la esposa del Presidente de Nicaragua.

Le pregunto que si ella verdaderamente es el poder detrás del trono. Con franqueza y sin pretensiones responde : “Ni detrás, ni a la par, ni quiero ser la jefa, estoy abajo y quiero estar lejos ya tengo el Padre listo para la misa de acción de gracias cuando todo esto termine.

En varias ocasiones se le ha escuchado decir que la política “es horrible”, un mal que ni a su peor enemigo le desea porque sólo sinsabores le ha traído. Primero en el 47, cuando su papá era precandidato presidencial y Somoza García le jugó sucio. Ahora le duele que a don Enrique no lo dejen actuar. Cree que el poder político es sinónimo de conflictos y de críticas todo el tiempo: “Si salís de pantalón, porque te lo pusiste o de vestido igual. Yo fui a la boda del príncipe Felipe de España y me criticaron porque no me puse sombrero y si yo me he puesto sombrero, no soy yo”.

Lo único agradable del poder es que le ha dado la oportunidad de ayudarle a quien puede con la atención médica y humanitaria que sus programas han brindado a más de 70 mil personas de escasos recursos. Confiesa que el otro lado bueno de su posición es que no hace espera en el aeropuerto y pasa directo al avión a sentarse tranquila. Aclara que es la única comodidad que ha encontrado, porque no le gusta que le anden abriendo puertas, ni esperando en todas partes llena de escoltas.

No le importa que le tomen fotografías cuando entra a los casinos, porque juega con sus reales. Le molesta que hagan un gran alboroto y que digan que lo hace con dinero del pueblo. Es un vicio de cinco años atrás que mantiene por terapia, “porque es más barato que el siquiatra”. Su otro escape liberador de tensiones son las visitas de media hora que le hace al Gerente de Bancentro en Masaya, Justo Cárdenas, quien le cuenta chistes y cositas mientras se toman un cafecito que le hace efectos de tranquilizante.

Para que la política no se mezcle en su relación con don Enrique maneja en secreto sus aprobaciones y rechazos que tiene hacia algunos miembros del equipo del gobierno que preside su marido. Ella cree que hay unos que sirven y otros que no, pero no lo dice si no le preguntan. Nunca ha participado en gabinete, ni en las decisiones de Estado. Solamente dos veces le ha llamado la atención al Presidente: cuando hizo en público un ademán feo con las manos y una vez que sacó de su puesto a la hija de un diputado que votó en contra suya.

Sin lugar a dudas, doña Lila en el ejercicio del poder político responde al modelo más antiguo, el de Aristóteles, para quien la virtud de la mujer era el silencio lo cual va muy parejo con la sumisión de mujeres educadas para sentirse bien “debajo de los hombres” y no tener voz propia en asuntos del ámbito público. Dentro del hogar se confiesa más independiente que sumisa y es ella quien ha puesto reglas de libertad individual y respeto, las que exige para sí misma.

Es una señora que a sus 76 años despierta compasión y respeto. Lo primero, porque con autenticidad cumple con un compromiso que no es el suyo, el de su marido Presidente, elección también de ella que la obliga a ser lo que no quiere ser: Primera Dama de Nicaragua. Respeto, porque a su edad generosamente salió de su casa a hacer el bien y desde su pequeño espacio de poder informal debajo de las oficinas del Presidente, doña Lila se resiste a la otra idea aristotélica de la mujer, es decir comportarse a imagen y semejanza de la imaginación de quienes dominan el poder político.

Ella hace lo que puede y a su manera lo que quiere.

La autora es periodista

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