Manuel Aguirre M.
Con este artículo quiero hacer una crítica honesta al sistema tradicional de exámenes, no con el propósito de crear polémicas o de ser crítico solamente, sino para que se pueda planificar una mejor manera de su preparación.
Los exámenes han llegado a constituirse en un sistema tradicional poco confiable. Han sido y siguen siendo un conjunto de preguntas, recubiertas de formalidad que les da cierto carácter de seriedad, pero que de por sí no pueden dar garantías académicas.
Mediante estos cuestionarios y operaciones llamados exámenes los alumnos, en una fecha prevista de antemano, responden a una parte delimitada de la materia.
El sistema en general resulta arbitrario por varias razones: Primero, no da la real medida de los verdaderos conocimientos por cuanto la preparación del examen consiste más en hacer un gran esfuerzo memorístico de última hora, sacrificando por entero la comprensión.
Segundo, el propósito inmediato, y casi siempre único, es pasar la materia aunque no la comprenda. Por esto, además de la memoria los alumnos recurren en la suerte de la “copia” para que sus respuestas merezcan una calificación aprobatoria y alta en muchos casos.
Debido a las marcadas tendencias de “copia”, el profesor se ve forzado a ser una especie de detective durante el examen, sobre todo si es escrito, teniendo que utilizar los medios más hostiles para garantizar la honestidad de la evaluación.
La “copia” es una costumbre generalizada en todos los centros de educación media y superior, y aunque es considerada como un acto de engaño por los mismos alumnos, se utiliza casi como una norma para alcanzar el éxito. Los pocos que no acuden a ella hacen muchas veces un esfuerzo mayor y más consciente y luego experimentan una frustración al verse calificados por debajo de compañeros con menores méritos. Los colegios — y no quiero obviar a las universidades en este particular—, antes de verificar las reales causas de tales hechos sólo han querido contrarrestarlos con sanciones excesivas como anulación del examen y la calificación de cero.
Todos estos aspectos negativos indican que en no pocos casos la “buena” calificación que se asigna a un examen valora la capacidad memorística, las artimañas y habilidades de los alumnos para copiar, que al verdadero grado de conocimientos que aquellos poseen.
Es necesario que se trabaje con detenimiento, pues se necesita recorrer un largo camino de indagación para encontrar una fórmula apropiada para superar esto. Tal vez el intento de un cambio radical en este asunto podría causar graves trastornos y el rechazo unánime o parcial de los sectores interesados, como los mismos estudiantes y profesores.
No pretendo con todo esto que he mencionado, que los alumnos no se deban preparar para sus evaluaciones. Todo lo contrario, lo que pretendo es que la preparación sea una continuidad mediante el estudio sistematizado con base en la comprensión, lo cual da seguridad a aquellos estudiantes que realmente estén en la búsqueda del conocimiento y preparación, y descartaría aquellos cuya intención es aprobar las materias con el fraude.
El examen final sí tendría una preparación inmediata y los alumnos conocerían las fechas en las cuales van a producirse, pero se trataría entonces de una preparación diferente, ya que el recorrido anterior en aras de la comprensión habría producido el conocimiento esencial en cada caso y, por consiguiente, el alumno, desprovisto del natural nerviosismo que en el sistema actual lo sobrecoge, sólo tendría que hacer un repaso de las grandes áreas ya comprendidas de la materia, ubicando y rectificando los detalles pertinentes en cada una de ellas.
Con un sistema de exámenes y pruebas sistemáticas basado en la evaluación de la comprensión sin previo aviso, podrían conseguirse varias ventajas, como algunas siguientes:
—El alumno estaría preparado de continuo, o mejor, estaría preparándose continuamente, para poder afrontar las pruebas intermedias con éxito.
—La asistencia llegaría a ser también una actitud permanente y positiva, porque de ello dependerían muchas cosas, incluidas las calificaciones.
—Se obligaría al estudiante a estar al día en sus compromisos académicos en cada materia.
—Se eliminaría, o por lo menos se disminuiría de manera considerable, la tendencia a la memorización.
—Se obtendría el índice más aproximado de los conocimientos reales que pudieran tener los estudiantes en las respectivas materias.
Aunque los anteriores análisis quedan en una especulación, por lo menos ayuda a que se tenga una más clara perspectiva de lo que actualmente está sucediendo en nuestro sistema educativo nacional.
El autor es profesor de idioma inglés.