Joaquín Absalón [email protected]
Cuando llegué al Ecuador —en agosto de 1964— al Centro Internacional de Estudios Superiores para América Latina (CIESPAL), el mismo edificio donde fue juramentado el actual Presidente, Alfredo Palacio, un golpe de Estado acababa de echar del poder al intelectual de izquierda Carlos Julio Arosemena. Su retórica fustigaba al gobierno de Estados Unidos. La extralimitación de su conducta llegaba a extremos como éste: con motivo de un banquete al que concurrió el embajador de Estados Unidos, puso sobre la mesa presidencial los símbolos de su masculinidad como paradigmas de la valentía ecuatoriana. Se había tomado las copas que lo botaron.
Otro mal ejemplo lo dio Abdalá Bucaram, quien prefirió ser más cantante que estadista. Su retorno fue uno de los ejes que sacó a Lucio Gutiérrez de quien sólo quedaron los recuerdos de demagogo tipo Velasco Alvarado del Perú, populistas que nunca calzaron en el ámbito de sus respectivas naciones donde la ciudadanía tuvo y tiene un límite para soportar y no porque la manipule un partido político. Tanto en Ecuador como en Nicaragua soplan vientos pero los de allá son otros.
Ecuador clasifica fácilmente en los espacios donde asombran los acaecimientos insólitos. En los últimos nueve años han desfilado por el Corondelet siete distintos presidentes.
En el mismo palacio, los anfitriones nos decían que entre los nicaragüenses y los ecuatorianos había una diferencia en cuanto a la tolerancia. Los ecuatorianos estaban acostumbrados a cambiar de mandatarios como las criaturas humanas de vestuario íntimo. Mientras los nicaragüenses podían sumar décadas con el mismo apellido en la silla protagónica en obvia referencia a los Somoza. Entre Ecuador y Nicaragua la diferencia en cuanto a permitir por parte de la ciudadanía, puede comprobarse con sólo poner los ojos en las hojas de vida de cada una de sus historias ilusamente parangonadas por nuestros “maravillosos” analistas.
Aquí en Nicaragua, la población no está acostumbrada a ser asidua con esos ejercicios fulminantes en los cuales también son expertos los bolivianos y, recientemente en una ráfaga impresionante, los argentinos. En la actualidad, la distinción puede darse entre las formas de actuar de Enrique Bolaños y Lucio Gutiérrez y no porque uno sea considerado de derecha y el otro de izquierda.
Bolaños se sostiene en la prudencia para no darle insumo a sus adversarios. Abre el pecho ante el vandalismo y cuidado ha seguido los lineamientos de la mesura cristiana, de “poner la otra mejilla” a lo cual estuvo expuesto en el alud de pedradas. Gutiérrez supo siempre mantenerse, pero con las herramientas de la represión. Allá, la protesta ciudadana es la motivación central de las destituciones. Proviene de abajo hacia arriba y no en el nivel homogéneo de las cúpulas amarradas.
Aquí es “la otra cara de la moneda”. La ciudadanía frágilmente representada por la sociedad civil carece de la fuerza y el respaldo suficiente para ser beligerante mientras allá los indígenas no se cansan de andar con la flecha sobre los hombros. Aquí la corrupción no es política de Estado. En Ecuador, la corrupción ha sido siempre la línea en el poder. No es la lucha contra la depravación; es la reincidencia oficializada. Aquí, un sector partidarizado le ha pedido la renuncia al Presidente; allá, la ciudadanía impulsada por el hastío grita “que se vayan todos”. No hay, pues, analogía entre lo uno y lo otro.
Lo sensato aquí es inscribirse en el acuerdo, si es que todavía hay lucidez racional para estar en esa vía, distante de la trampa del caos y de la agudización del drama social y económico. Fuera de esa posibilidad, lo más aproximado para dejar de olfatear el “humo negro” sería esperar que por fin salga el blanco deseado de los campanarios del 2006.
El autor es periodista.