La prudencia no es sinónimo de astucia

Denis Silva García

La vida se parece más a una lucha que a la danza; entonces el arte de vivir tendrá semejanzas con la estrategia militar. Si la guerra es símbolo de vida, algunos aspectos de la lucha armada bien podrían aplicarse a la lucha por la vida en las organizaciones. Como lo muestra el general chino Sun Tzu en su obra clásica El arte de la guerra, la mejor estrategia es la que consigue, por medio de la diplomacia y las negociaciones, abordar el conflicto, hacerlo innecesario. La libertad nos permite escoger, pero no nos dice qué elección es la mejor. La capacidad de resolver un conflicto sin lucha es lo que distingue al prudente del ignorante. El arte de la guerra es el arte de la prudencia. La inteligencia es un curioso periscopio capaz de elevarse sobre el presente y ver el futuro. Por eso es también capaz de prever, prevenir, precaver y proveer. De toda esa actividad proviene la palabra prudencia: ver previamente y adelantarse a los acontecimientos, medir las consecuencias antes de actuar.

Dice Sun Tzu que planificar bien una batalla equivale a veces a ganarla antes de enfrentar al enemigo, mientras que una mala planificación derrota a un ejército antes de entrar en combate. La observación, la valoración, el cálculo, la comparación y la decisión son reglas militares. El hombre prudente es reflexivo, pues aunque el no y el sí son breves de decir, a veces se deben pensar mucho. La medida de la prudencia es la misma realidad, quiere decir atención a cada cosa y ningún tipo de descuido. La prudencia es necesaria para cualquier persona, especialmente para los que tienen en sus manos vidas ajenas: gobernantes, militares, médicos, jueces, educadores, diputados, y por supuesto padres.

Pedir consejo es propio de la conducta prudente. Dice Sun Tzu que las operaciones militares implican engaño y disimulo para confundir al enemigo. Eso es lo prudente en la guerra. Pero fuera del ámbito de la guerra, la prudencia obliga a jugar limpio, tanto en la elección del fin como en el terreno de los medios. Por eso prudencia no es sinónimo de astucia. La reflexión al servicio del mal no es prudencia, pues no se puede conseguir un fin bueno por un camino malo, ni seguir un camino inteligente para llegar a un fin malo.

La autoridad no se impone tanto por la fuerza como por el prestigio y la sustancia de ese prestigio se elabora con: inteligencia, honradez, humanidad, valor y severidad.

La autoridad es una exigencia natural de la sociedad, condición necesaria de su misma existencia, lo que salva de la injusticia generalizada, de la ley del más fuerte y del caos. Un Presidente no puede poner en pie a un ejército en un arrebato de ira, ni un general debe luchar sobrecogido por el resentimiento. Porque si es posible que un hombre irritado recobre sus serenidad y que el que padece de úlceras sea curado, un Estado que ha sido aniquilado no puede rehacerse. Por eso un Presidente competente es prudente y un buen general de ejército es precavido frente a los movimientos inconsiderados. De esta forma el Estado está protegido y el ejército, salvo.

Entre los funcionarios de este Gobierno hay personas de mérito que han sido destituidas, otros han sido castigados por haber cometido errores. Los hay que, injustamente, han sido relegados durante mucho tiempo a funciones modestas, también quienes jamás han accedido a puestos de responsabilidad y aquéllos cuyo único deseo es aprovecharse de los períodos turbulentos para ampliar su poder personal. Los hay de doble faz, inconstantes y pérfidos, que siempre esperan ver de dónde sopla el viento. Hay muchos que ambicionan la riqueza que produce nuestro pueblo.

El autor es director de Maestría de UCEM.

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