Aníbal Delgado
Roman, Times, serif»>
¿Y los católicos?
Aníbal Delgado
Cuando Juan Pablo II fue llevado a uno de los cinturones de miseria, verdaderos insultos a la dignidad humana, que rodean a las grandes ciudades de América Latina, preguntó: ¿Y los católicos? ¿Dónde están los católicos?
Y es que resulta contradictorio que en un continente proclamado católico se den esos cuadros que no expresan más que una honda injusticia social producto de una concentración de riqueza con pocos parangones en el mundo.
Todavía hace algunos años los sectores conservadores de estos países acusaban de ateos a quienes demandaban una sociedad justa en lo económico y en lo social. Era una forma, que el mismo Papa censuró, para abatirlos desde un ángulo político
Algunos teólogos, animados por la censura del Pontífice, respondieron que el problema religioso más grave en América Latina no es el ateísmo, sobre todo el ateísmo filosófico, sino la idolatría. Recordaron que Orígenes, el destacado teólogo de la Iglesia primitiva, había dicho que Dios es aquello que está sobre todas las cosas, y que para los minúsculos grupos plutocráticos de América Latina lo que está sobre todas las cosas no es el Dios Padre que todos reconocemos, sino el afán desenfrenado de riquezas materiales. Una forma inequívoca de idolatría, según la lógica eclesial.
La Iglesia Católica tiene su doctrina social, un cuerpo muy bien articulado de principios que se ha ido configurando sobre la base del Evangelio, los documentos pontificios y los planteamientos de las conferencias episcopales. La doctrina social de la Iglesia traduce los dolores, reclamos y esperanzas de todos los pueblos del mundo, en particular de aquéllos sumidos en el desamparo social.
Por eso es que la Iglesia ha declarado su opción preferencial por los pobres y Juan Pablo II fue rigurosamente fiel a este postulado. Allí reside su posición muy firme frente a la deuda externa, la corrupción y la agresión militar, el neoliberalismo, la opulencia, los salarios indignos y las jornadas extenuantes y la depredación de los recursos naturales. Todo esto y muchas cosas más son elementos que causan y profundizan el dolor de la mayoría de la humanidad.
Honduras —dice un diagnóstico realizado con motivo de la estructuración del programa de combate a la pobreza— es una de las sociedades más inequitativas de América Latina, donde se exhiben índices alarmantes de concentración de riqueza, si esto es así ¿acaso no sería coherente que a la par de sollozar por la muerte de Juan Pablo II hiciéramos propósitos firmes para hacer de Honduras una sociedad menos injusta? Sería el mejor homenaje a un gran Pontífice.
El autor es catedrático universitario.