Eolo

Luis Sánchez Sancho

A una reunión internacional sobre la situación de la democracia en Hispanoamérica, en la que tuve la oportunidad de participar y la cual se celebró la semana pasada en Sevilla, España, le pusieron como lema: “Hacia nuevos horizontes”. Y como logotipo, la cara de Eolo, el dios griego de los vientos, al que dibujaron con los carrillos hinchados al soplar fuertemente sobre la frase antes citada.

Según los organizadores del mencionado evento hispanoamericano de Sevilla, ese logotipo significaba que los vientos propicios soplan o deben soplar sobre la democracia en Hispanoamérica, para impulsarla hacia nuevos horizontes, siguiendo la antigua y sabia costumbre de navegar bajo vientos favorables para poder llegar al puerto seguro y deseado.

En efecto, Eolo era hijo de Zeus y dios del viento para los antiguos griegos. Habitaba en Lipara, la principal de las islas volcánicas Eolias —que están ubicadas entre Italia y Sicilia—, donde mantenía a los vientos, encadenados y encerrados en odres de cuero de cabra, en el fondo de una profunda caverna. De esa manera Eolo evitaba que los vientos causaran constantes desastres, como el que hicieron cuando estando sueltos soplaron con tanta furia que separaron a la isla de Sicilia del continente europeo y abrieron la hendidura de diez kilómetros del Estrecho de Gibraltar.

Dentro del palacio de Eolo y en todas las siete islas eólicas, sus habitantes vivían en una eterna fiesta, por todas partes se oían expresiones de alegría y una armoniosa música.

Eolo tenía doce hijos, seis masculinos y seis femeninos, casados entre sí. Ellos eran los vientos principales, entre los cuales destacaban Bóreas (Norte), el que se transformó en caballo y engendró doce potros tan ligeros que corrían sobre las espigas de trigo sin romperlas ni doblarlas; Austro (Mediodía), encargado de reunir las nubes que forman las tempestades; Aura (Oriente), que se distingue por su suavidad y sutileza; y Céfiro (Occidente), que con su soplo dulce y agradable hace brotar las flores en los campos y los frutos de los árboles, el que se casó con Flora y tuvo con ella doce hijos (Cefirillos) que acostumbran transformarse en mariposas.

Odiseo (Ulises), extraviado durante su regreso a Ítaca después que terminó la guerra de Troya, fue a parar a los dominios de Eolo. Éste acogió hospitalariamente al heroico rey ítaco y para ayudarlo le obsequió, encerrados en unos odres, los vientos contrarios a la ruta que Odiseo debía seguir para navegar hasta su hogar, a fin de que no lo detuvieran. Además, Eolo ordenó a Céfiro que acompañara a las naves para impulsarlas en la dirección correcta.

Ocurrió, sin embargo, que ya en alta mar los hombres de Odiseo, borrachos y creyendo que los misteriosos odres contenían vino, los abrieron aprovechando un descuido de su jefe. Entonces salieron los vientos soplando furiosamente y provocando una terrible tormenta, que hundió las naves de la flota del rey de Ítaca y arrojó a los náufragos de nuevo a las costas de Lipara.

Odiseo (Ulises) acudió ante Eolo para pedirle perdón por la desastrosa falta que habían cometido sus hombres, y a rogarle que volviera a encerrar en los odres a los vientos desfavorables. Pero Eolo, furioso con Odiseo por la irresponsabilidad de sus hombres, lo que hizo fue quitarle a Odiseo el viento Céfiro y expulsarlo de las islas eólicas, condenado a cargar con la cólera de los dioses.

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