Edgard Rodríguez C.
Ni siquiera una buena preparación es garantía de éxito. Pero sin un buen adiestramiento, el éxito no es ni siquiera una posibilidad.
Y eso lo sabe el esforzado pugilista pinolero, Luis Pérez, quien parte hoy hacia Nueva York, donde el sábado expondrá por segunda ocasión su título mundial de las 115 libras de la FIB.
Así que consciente de ello, Luis apelará a todos sus recursos para traer de regreso al país, la corona que conquistó tras derrotar a Félix Machado, en una brillante demostración.
Aún sin llegar a disponer del impacto que provoca Ricardo Mayorga, ni el hábil manejo de Rosendo Álvarez ante los medios, Luis Pérez se ha ganado el respeto de todos a base de bravura sobre el ring y sencillez fuera del entarimado.
Ayer, en su jornada final en nuestro país, Pérez nos pareció fuerte, rápido y consistente. Pero sobre todo, lució claro de la gran responsabilidad que tendrá el sábado en el Madison Square Garden.
Y más que eso, siempre ha sido un muchacho consciente de lo que significa para nuestro país y su juventud, necesitada de ejemplos que la encaminen por buenos senderos y no por las rutas carentes de valores que a menudo transita.
Tenemos que aprender a valorar a Luis en su justa medida. Es un atleta tal y como cualquier entrenador lo desearía, responsable. Es un deportista de fácil acceso para los medios y siempre cercano para quienes quieren aproximársele.
Hasta ahora, no ha necesitado atropellar a quienes encuentra a su paso para hacerse sentir. Tampoco se golpea el pecho ni menciona a Dios, para insinuar que es buena persona.
Luis es un muchacho sencillo, que necesita quizá ser un poco más espontáneo, pero que ya ha probado, que los chicos buenos no necesariamente son últimos, como suele creerse.