Dedicados a destruir

Douglas Carcache

A principios de los años noventa, un grupo de turistas japoneses estaba de gira por América Latina y se disponía a pasar por Nicaragua, atraído por la idea de conocer un país que recién había conquistado la paz, tal como les había sugerido una agencia de viajes internacional, pero poco antes de tomar el avión de Costa Rica hacia Managua estalló en esta ciudad una asonada sandinista y se echaron atrás.

Cuando subió el primer Gobierno elegido de forma democrática en Nicaragua, el 25 de abril de 1990, pocos nicaragüenses dudaban de que el país necesitaba una reconstrucción, económica, social y política, pero de inmediato también se develó el carácter destructivo de la organización que había sido desplazada del poder, el Frente Sandinista (FSLN).

Quince años después no queda duda de que la dirigencia del FSLN, encabezada por el ex presidente Daniel Ortega, se ha dedicado a destruir el país antes que a construirlo. Basta ver lo que pasó en Managua durante las últimas dos semanas, cuando grupos estudiantiles azuzados por esa organización política quemaron buses y vehículos del Estado.

Son acciones vandálicas similares a las que los nicaragüenses empezaron a padecer en 1990, cuando Ortega ordenó a los sindicatos y otras organizaciones sandinistas hacer asonadas para desestabilizar y presionar al gobierno de Violeta Chamorro, recién instaurado; las que han continuado a lo largo de década y media, unas veces ejecutadas por sindicatos, otras por transportistas y casi siempre por estudiantes, dejando daños materiales.

En cada asonada las consecuencias inmediatas las ha sufrido la población con menos recursos, por las dificultades para trasladarse a sus trabajos; pero en general el país ha pagado un costo más alto al atrasarse la reconstrucción de la economía, razón por la que miles de nicaragüenses siguen emigrando a Costa Rica, El Salvador y Estados Unidos.

Un caso especial de migrantes nicaragüenses que han retornado a su comunidad es el que observamos en el municipio de Tola, donde hace unos años sólo había mujeres y ancianos porque los hombres jóvenes estaban trabajando en Costa Rica, pero éstos han vuelto desde que los hoteles y condominios para turistas, en construcción en la zona, les ofrecen empleo cerca de sus hogares.

Esa experiencia muestra cómo el turismo contribuye con la reconstrucción de Nicaragua y beneficia a comunidades pobres, pero es una actividad, como toda inversión, que requiere del país seguridad y estabilidad.

¿Por qué Nicaragua, 15 años después de haber salido de la guerra, sigue en la cola de los países centroamericanos? La respuesta está en esas zancadillas violentas que el FSLN le ha metido al país año con año y tienen repercusión en el exterior.

Es difícil saber cuántos turistas cancelaron su viaje, si ya listos para venir a Nicaragua vieron en la televisión las imágenes de vehículos en llamas y jóvenes enmascarados amenazantes. Si los turistas se alejan por la violencia de las organizaciones sandinistas, el país retrocede, los empresarios pierden ingresos y los asalariados también.

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