Iván de Jesús Pereira
“Yo estaré siempre con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Mateo: 28-20.
Annuntio vobis gaudium magnum: Havemus Papam. Os anuncio con gran gozo. Tenemos Papa, fueron las palabras pronunciadas por el protodiácono chileno cardenal Jorge Arturo Medina Estévez.
El nuevo sucesor de Pedro, el hoy Benedicto XVI, toma su nombre en honor a Benito de Nuria (480-547) patrono de Europa, gran evangelizador, autor de la Regla Monástica y fundador de los Benedictinos.
Teniendo que enfrentar enormes tareas en este milenio que se inicia. A lo interno: el problema del Celibato unido con la ausencia de vocaciones sacerdotales constituye un serio desafío para el nuevo magisterio.
El celibato impuesto en la Iglesia hasta el siglo XI por el Papa Gregorio VII en su lucha contra el Emperador de Alemania es norma canónica que carece de fundamento bíblico, ya que los mismos apóstoles como en el caso de Pedro eran casados y representa un obstáculo que el nuevo Papa tiene que resolver.
El hecho planteado por los miles de sacerdotes dispensados, quienes en su mayoría siguen marcados por el sello “del orden sacerdotal” cuyas vidas cuesta mucho rehacer, constituye para la Iglesia una enorme reserva en un mundo secularizante.
Externamente el diálogo con las iglesias cristianas a quien el nuevo Papa ha calificado de “Compromiso Prioritario” y en especial con la Iglesia Luterana, cuya liturgia es la misma que la nuestra, hoy que el sucesor de Pedro es de origen alemán. Reconciliarnos con la Iglesia producto de la Reforma es una tarea que Erasmo de Rótterdam aspiró y que el nuevo Papa nacido en un contorno luterano puede consolidar.
El diálogo con las iglesias orientales, tan cercanas y tan distantes, a lo que la catolicidad les debe tanto. No podemos olvidar dos factores innegables: los evangelios fueron escritos originalmente en griego y fue la escuela catequística de Alejandría y su gran maestro Orígenes (185-254) la que amamantó el inicio de la Teología Cristiana.
La trilogía de Capadocia compuesta por Basilio, Obispo de Cesarea (329-379); Gregorio Nacianceno, Patriarca de Alejandría (330-390); y Gregorio, Obispo de Nisa (335-371) los que enfrentaron con resolución y celo a los herejes. Atanasio (295-373) combatió a Arrio. En este sentido Juan Pablo II dejó el camino abierto a pesar de los desaires que sufriese de la Iglesia rusa y griega, quienes se opusieron a su visita a Moscú.
El diálogo con las otras religiones ha quedado perfilado con sus propias palabras el propio día de su presentación ante el mundo. “Me dirijo a todos con sencillez y cariño para asegurarles que la Iglesia quiere seguir manteniendo con ellos un diálogo abierto y sincero, en busca del verdadero bien del ser humano y de la sociedad.
“No escatimaré esfuerzos y sacrificios para seguir el prometedor diálogo emprendido por mis venerables predecesores, con las diferentes civilizaciones, para que de la comprensión recíproca nazcan las condiciones para un futuro mejor para todos”.
Tenemos un Papa teólogo, con discursos impecables, sencillo, humilde, simpático y Santo. Ése es el nuevo timonel que nos ha regalado el Espíritu para defender la vida humana en todos sus estados, aún en el vegetativo y combatir la eutanasia. La defensa de la vida desde el momento mismo de la fertilización del óvulo.
Para defender a la familia, “útero espiritual de todo niño” o como dice el cardenal Carlos María Martini, “primer agente de socialización, primera e insustituible escuela para aprender a amar, a respetar la propia vida y la de los demás, a construir relaciones fraternas y solidarias”.
Tenemos un Papa que tiende con amor su mano a los homosexuales y lesbianas, pero que está presto a combatir “la promoción de la orientación sexual de los homosexuales y lesbianas como un derecho humano”, ya que contradice la naturaleza y la dignidad del hombre y las instituciones básicas de la sociedad, la familia y el matrimonio.
Tenemos un Papa que abre sus brazos a la mujer para que cumpla su tarea en la Iglesia como María, consoladora, compañera, asociada a la obra redentora del hijo. Como María en el cenáculo a la espera del Espíritu Santo.
El autor es abogado