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Quince años después
El escritor mexicano Carlos Fuentes dice en el prólogo del libro de la periodista también mexicana, Silvia Cherem, Una vida por la palabra (una especie de biografía del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, contada por él mismo) que la revolución sandinista trajo la democracia a Nicaragua porque el FSLN entregó el poder después que perdió las elecciones en 1990: “Ni Lenin, ni Mao ni Castro hubiesen soltado así el poder”, asegura el famoso escritor izquierdista mexicano.
Por su parte, el escritor norteamericano David Close, en su libro Los años de doña Violeta que también fue puesto en circulación recientemente, asegura que: “Los revolucionarios no sólo pusieron fin a un sistema político corrupto y represivo, también dieron quizás el paso más importante hacia la democracia constitucional en la historia de Nicaragua al reconocer su derrota electoral aquel 25 de febrero de 1990”.
Sin embargo, el mismo Close reconoce en ese mismo libro que fue necesario un “protocolo de transición” para que se pudiera dar el traspaso de gobierno de manera pacífica. O sea que si a los sandinistas no se les hubiera aceptado las condiciones que impusieron para entregar el Gobierno, éste no se hubiera traspasado o el traspaso no habría sido pacífico, sino violento y sangriento.
En realidad no hay nada que agradecer a los sandinistas por la libertad y la democracia que, mal que bien y a pesar de las desviaciones impuestas por políticos corruptos e irresponsables, existe hasta ahora en el país. La democracia y la libertad se le deben a la mayoría de nicaragüenses que el 25 de febrero de 1990 votó contra la dictadura de Daniel Ortega y el FSLN, y eligió la libertad y la democracia que representaban Violeta Barrios de Chamorro y la UNO.
Es una aberración pedirle a quienes sufrieron la represión, la censura de prensa, el racionamiento de alimentos, la discriminación clasista, el exilio, etc., que agradezcan a sus antiguos verdugos por la libertad y la democracia que ellos mismos le negaron. En realidad, ni siquiera por el derrocamiento del régimen somocista hay que agradecerles, porque ellos no lucharon para sustituir la dictadura con la democracia y la libertad, sino para reemplazarla con otra dictadura que fue peor que la anterior.
Los sandinistas tomaron el poder en julio de 1979 con el pérfido propósito de establecer una dictadura revolucionaria igual que la que impuso Fidel Castro en Cuba, en 1959, y para construir también aquí una sociedad socialista y comunista. Así lo establecieron en el programa estratégico que adoptaron en la reunión de 72 horas que la asamblea sandinista celebró los días 20, 21 y 22 de agosto de 1979, en una quinta de El Crucero. Y así lo reconoció Bayardo Arce el 18 de abril de 1984, cuando dijo en una reunión del Partido Socialista celebrada en el auditorio de la Alcaldía de Managua, que el régimen sandinista era la modalidad de la dictadura del proletariado en Nicaragua.
Los sandinistas aceptaron la celebración de elecciones libres —después de muchos juramentos de que nunca las aceptarían, pues según ellos el poder revolucionario no se rifa en elecciones—, porque fueron obligados por la lucha cívica y armada del pueblo nicaragüense, y por las presiones de la comunidad democrática internacional. Y la aceptaron porque igual que todos los dictadores y déspotas del mundo creían que la mayoría de los nicaragüenses los apoyaba, y que por lo tanto ganarían las elecciones.
Los sandinistas, cuando conocieron el resultado adverso de las elecciones del 25 de febrero de 1990, querían sacar a las calles las turbas y las tropas, los tanques y los aviones del Ejército, y estaban dispuestos a ahogar a Nicaragua en un baño de sangre para mantenerse en el poder. Sólo reconocieron su derrota electoral después que obtuvieron bajo amenaza grandes concesiones políticas y económicas; y aún así, posteriormente sumieron al país en una situación de inestabilidad e incertidumbre que se prolonga hasta ahora, conforme a la estrategia de gobernar desde abajo.
De manera que en la celebración del 15 aniversario del triunfo de la democracia y la libertad en Nicaragua no hay nada que agradecerle a los sandinistas. Todo lo contrario.