Según relata Weigel, Daniel Ortega estaba nervioso en el aeropuerto y le sugirió no saludar a los ministros, entre los que estaba Ernesto Cardenal, pero el Papa le contestó: “Yo quiero saludarlos”.

Entretelones de la noche oscura

En el libro Biografía de Juan Pablo II: Testigo de esperanza, George Weigel narra aspectos desconocidos de la visita de Juan Pablo II a Nicaragua, el 4 de marzo de 1983. Una de las revelaciones es que Karol Wojtyla contempló aplazar su visita a Nicaragua debido a las tensas relaciones con el régimen sandinista y […]

  • En el libro Biografía de Juan Pablo II: Testigo de esperanza, George Weigel narra aspectos desconocidos de la visita de Juan Pablo II a Nicaragua, el 4 de marzo de 1983. Una de las revelaciones es que Karol Wojtyla contempló aplazar su visita a Nicaragua debido a las tensas relaciones con el régimen sandinista y a las trabas que éstos imponían a su viaje

George Weigel (*)

El 22 de febrero de 1983, cuando más enfrascado estaba en los preparativos de una polémica visita papal cuyo inicio se había previsto para diez días más tarde, el arzobispo Andrea Cordero Lanza di Montezemolo, Nuncio Apostólico en Nicaragua, recibió una llamada del arzobispo Eduardo Martínez Somalo, sustituto del secretario de Estado del Vaticano. “Es urgente —dijo el Arzobispo—. El Papa quiere verlos cuanto antes a usted, al arzobispo Obando y al obispo Barni. Tome el primer avión”.

El Nuncio objetó: “Estamos en la última fase de la organización de la visita”. Su superior se mostró comprensivo y dijo: “Hablaré con el Papa y volveré a llamar”. Martínez Somalo telefoneó al día siguiente con instrucciones claras y concisas: “Venga”.

El primer vuelo tenía como destino Miami. El Nuncio, el Arzobispo de Managua, Miguel Obando y Bravo, (cabeza de la Iglesia nicaragüense) y el obispo Julián Luis Barni, misionero franciscano italiano que debía recibir al Papa en León, viajaron a Miami y tomaron un vuelo a Roma, desde cuyo aeropuerto fueron llevados directamente al Vaticano. Nada más llegar participaron en una reunión con el Papa y los tres miembros principales de la curia: el cardenal Agostino Casaroli, el arzobispo Martínez Somalo y el arzobispo Achille Silvestrini, el “Ministro de Exteriores” del Vaticano, que en una negociación anterior se había formado una idea de las trabas que ponía el régimen sandinista a la peregrinación papal. La curia temía una catástrofe en Managua.

Juan Pablo fue al grano. “Parece que está todo a punto —dijo—, pero hay mucha oposición a la visita. ¿Deberíamos cancelarla? ¿Qué les parece?”. Montezemolo propuso ceder la palabra al arzobispo Obando y al obispo Barni, para que sus respuestas no estuvieran condicionadas por la suya. Los dos obispos expusieron los pros y contras de la visita, pero no parecían muy dispuestos a dar un consejo definitivo. Juan Pablo volvió a dirigirse a Montezemolo e insistió: “¿Qué le parece?”

El representante del Papa en Nicaragua dijo que había que tener en cuenta tres cosas: “Hay posibilidades, probabilidades y una certeza. La posibilidad es que cerremos un acuerdo (con el régimen acerca de la visita) y no la respeten. La probabilidad es que intenten meter algo a la fuerza en el programa. La certeza es que harán todo lo posible para manipular al Papa en beneficio de su revolución”. Juan Pablo preguntó a Montezemolo si a su juicio, y en vista de los peligros, le parecía aconsejable ir. Contestó el Nuncio: “Hemos llegado a un punto en que sería peor cancelar la visita que hacerla”. El arzobispo Obando y el obispo Barni estuvieron de acuerdo.

Para entonces era alrededor de la una. El Papa, que había prestado la gran atención y había hecho preguntas muy pertinentes, dijo: “Vengan dentro de unas horas y tendrán una respuesta”. Al regreso de los tres prelados el Papa estaba ocupado con otro tema que reclamaba su atención, pero fueron recibidos por Casaroli, Martínez Somalo y Silvestrini. El cardenal Casaroli dijo que el Papa había decidido ir. Montezemolo debía regresar de inmediato a Managua y hacer cuanto estuviera en su mano para adelantarse a “la posibilidad, la probabilidad y la certeza”.

Los diplomáticos veteranos de la Secretaría de Estado estaban sobre ascuas, lo cual era lógico: el Papa estaba a punto de visitar un país gobernado por un régimen poco dispuesto a cooperar, por no decir hostil. Algunos temían por la integridad física del Papa en la Nicaragua sandinista.

Temían que se les fuera la situación de las manos. No obstante, la liberación cristiana se había convertido en uno de los hilos conductores del pontificado, y Juan Pablo II estaba resuelto a predicarla. Si surgían problemas en Nicaragua les haría frente, pero no cedería a ninguna amenaza, implícita o explícita. No era así como entendía el ejercicio de su cargo.

EL INCIDENTE CON ERNESTO CARDENAL

Juan Pablo II llegó a Managua el 4 de marzo de 1983. Cuando el avión aterrizó, todo el gobierno sandinista se había puesto en fila en la pista, esperando el momento de saludar al Papa. El arzobispo Montezemolo subió por la pasarela junto al jefe de protocolo del Gobierno, y se encontró en la puerta con el cardenal Casaroli. Éste se llevó al Nuncio a un lado y le dijo: “¿Está presente alguno de los sacerdotes del Gobierno?” Montezemolo acompañó al Secretario de Estado a una de las ventanillas del avión, señaló la hilera de los miembros del Gobierno y dijo: “Mire, ahí tiene a Ernesto Cardenal, pero (Miguel) D’Escoto no está. Hay que decírselo al Papa”. Fueron, pues, al compartimiento delantero donde seguía sentado Juan Pablo y le indicaron al padre Cardenal por la ventanilla. El Papa pidió consejo al Nuncio. Montezemolo respondió: “No me corresponde a mí daros instrucciones, Santo Padre, pero si no lo saludáis no se llevarán ninguna sorpresa”. Juan Pablo dijo: “No, quiero saludarlo, pero tengo algo que decirle”.

Después de los discursos de bienvenida, Daniel Ortega llevó al Papa hacia los miembros del Gobierno, con Montezemolo a la izquierda del Pontífice. A pocos metros de la fila, Ortega, a quien la situación ponía muy nervioso, comentó a Juan Pablo: “No hace falta que los saludemos, podemos seguir”. El Papa repuso: “No, yo quiero saludarlos”. Ortega lo acompañó. Cuando llegaron delante de Ernesto Cardenal, el Ministro de Cultura se quitó su boina y dobló una rodilla. Haciendo al sacerdote gestos vigorosos con la mano derecha, Juan Pablo dijo con voz cálida y amistosa: “Regulariza tu posición con la Iglesia. Regulariza tu posición con la Iglesia”. El Nuncio no lo recuerda como reproche, sino como una invitación.

El verdadero enfrentamiento se produjo horas más tarde, durante la misa papal en Managua. El lugar escogido, un parque que acogía concentraciones sandinistas, había sido uno de los puntos controvertidos en las negociaciones anteriores a la visita. Montezemolo había propuesto instalar la plataforma provisional del altar en el extremo opuesto al que ocupaba el escenario permanente que se usaba para las concentraciones sandinistas, y que estaba adornado con enormes pósteres de Augusto Sandino, Marx, Lenin y otros héroes revolucionarios. El comandante Ortega había dicho: “No, no puede ser, pero ya lo arreglaremos”. Días después, Montezemolo se fijó en que habían sido retirados los pósteres y pensó: “Hombre, esto sí que es cooperar”. Más tarde, descubriría que habían sido descolgados con el objetivo de volver a pintarlos. Se lo comentó al Papa, Juan Pablo contestó: “No se enfade. Cuando esté yo con todos los obispos no se fijará nadie en los pósteres”. Resultó que el régimen tenía otros planes para manipular el acto, planes muchos más radicales.

El padre Tucci había llegado a Managua unos días antes que el Papa, junto con Piervincenzo Giudici, ingeniero de Radio Vaticana y experto en sistemas de sonido. Giudici había ido a ver el escenario de la misa papal, y había vuelto escandalizado por la instalación de un segundo sistema de sonido, nuevo, potente y controlado de manera independiente. El arzobispo Montezemolo preguntó al Gobierno qué pasaba, y obtuvo una respuesta de puro compromiso: “Es que queremos estar preparados para una emergencia”.

LA “EMERGENCIA”

Durante las negociaciones anteriores a la visita, Montezemolo había insistido en que se dividiera el parque en secciones y se reservara el sector más próximo al altar a los representantes de asociaciones y movimientos católicos. Estos últimos llegaron al parque a las cuatro de la madrugada, y descubrieron que la parte central de las primeras filas ya estaba ocupada por un nutrido grupo de militares sandinistas, al igual que casi todo el espacio cercano al altar. La gente para la que se celebraba la misa quedó acorralada al fondo, y en cuanto alguien intentaba acercarse al altar la Policía disparaba tiros al aire.

Justo al lado del altar había otra plataforma llena de miembros del Gobierno y altos cargos del partido sandinista. Su comportamiento no fue lo que se dice muy devoto. Durante la misa, los nueve miembros de la dirección nacional sandinista, incluido Daniel Ortega, levantaron el puño izquierdo y exclamaron “¡Poder popular!” El enfrentamiento adquirió su máximo dramatismo durante el sermón del Papa. Los sandinistas habían escondido micrófonos en el sector contiguo a la parte delantera de la plataforma del altar, sector que había sido tomado por sus partidarios. Tanto aquellos micrófonos como los de la plataforma estaban controlados por técnicos sandinistas, gracias al sistema de sonido de emergencia instalado días antes. Al principio de su sermón sobre la unidad de la Iglesia, la voz de Juan Pablo llegaba hasta los católicos del fondo. Más tarde, dijo que sabía que le oían porque vio y oyó sus aplausos. Sin embargo, cuando llegó el momento de explicar la imposibilidad de una “Iglesia popular” opuesta a los pastores legítimos de la Iglesia, la muchedumbre sandinista de delante del altar se puso a gritar para ahogar la voz del Papa. Los técnicos del país bajaron el volumen del micrófono del Papa y subieron el volumen de los que habían sido colocados entre los agitadores. Al mismo tiempo, las autoridades de la tribuna contigua a la plataforma del altar seguían haciendo de las suyas, hasta que Juan Pablo no pudo más y exclamó: “¡Silencio!”

Al fin quedó restablecido cierto grado de orden, aunque faltaba la puntilla: al término de la misa, el jefe de protocolo sandinista (Aldo Díaz Lacayo) se dirigió a la mesa de control y exigió que se tocara el himno sandinista para acompañar la retirada del Papa. Juan Pablo permaneció al frente de la plataforma, cogió por la base su báculo rematado por un crucifijo y lo blandió para saludar a los cientos de miles de católicos nicaragüenses que se han visto relegados al fondo del recinto.

Más tarde, los sandinistas dijeron que los esfuerzos de la multitud por ahogar la voz del Papa habían sido una reacción espontánea, pero se trataba de una burda mentira. Políticamente, su intento de profanar la misa papal fue otro tiro que les salió por la culata. El padre Tucci había convencido al régimen de que se sumara a una conexión televisiva regional, y por ese motivo el desbarajuste de la misa papal fue retransmitido a toda América Central. Millones de espectadores quedaron escandalizados por la vulgaridad de la mala conducta sandinista. A última hora del día, cuando regresó a Costa Rica, el Papa fue recibido por una multitud más nutrida y calurosa que la del día anterior. Poco a poco, el mito sandinista empezaba a desgastarse.

ANGUSTIANTE

Los diplomáticos veteranos de la Secretaría de Estado estaban sobre ascuas, lo cual era lógico: el Papa estaba a punto de visitar un país gobernado por un régimen poco dispuesto a cooperar, por no decir hostil. Algunos temían por la integridad física del Papa en la Nicaragua sandinista.

(*) Teólogo católico

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