Israel Kontorovsky A.
En la profesión médica desde los tiempos de estudiantes se nos remarcó la importancia de la relación médico-paciente y la verdad absoluta de que no existen enfermedades sino enfermos. Estos conceptos señalan con claridad que en el campo de la salud se requiere la actitud humana y solidaria. Como se puede ver a través de la historia médica, desde el principio se desarrolló una combinación de misticismo, magia, procedimiento científico y compasión, en busca de lo que los antiguos conocían como el desequilibrio interno.
En los últimos tiempos, el gran despegue de la medicina que se desarrolló con toda intensidad en el siglo pasado y que se enmarca en el gran descenso global de la mortalidad y morbilidad de las enfermedades infecciosas, ha logrado que el médico moderno pueda comprender el mundo mágico de la biología molecular, escudriñe las zonas más profundas del organismo y aborde las más amplias patologías, consiguiendo que los trasplantes de todo tipo se conviertan en operaciones casi habituales.
No obstante, la súper especialización que ha dejado atrás al remoto médico rural en estrecho contacto con el paciente y su familia, ha traído consigo la despersonalización del paciente, que al final se convierte en un objeto, en un número, en un caso médico. Junto a lo anterior existe el problema, más grave aún, del paciente víctima de procedimientos caros, innecesarios y peligrosos; por el afán de lucro de algunos profesionales. Afortunadamente ésta es la excepción y no la regla.
Si bien es cierto que en todas las profesiones es necesario una buena dosis de humanismo, el éxito verdadero en los profesionales sanitarios es el fruto de ese aspecto humanístico que les acompaña. De tal manera que desde el funcionario más alto, hasta el más humilde que trabajamos en los servicios públicos de salud, debemos dejar a un lado la soberbia o la indiferencia para acompañar siempre con mano amiga al paciente que es la extrema expresión del dolor y el sufrimiento. Nos debemos al hombre, a la mujer y a los niños enfermos, o en peligro de enfermar, sin que esto quiera decir que renunciemos a nuestros derechos inalienables.
Tenemos que reconocer que la historia de nuestra profesión es un esfuerzo constante, donde han estado presente siempre un grupo de variables sociales que nos dan la certeza que la medicina es sobre todas las cosas una tarea social y que si sembramos con cariño, cosecharemos con agradecimiento.
No podemos estar limitados por dogmas científicos, ni permanecer estáticos en el tiempo y el espacio, y queramos o no en nuestra ocupación intervienen factores de muy diversas índoles, científicos, sociales, económicos, políticos, que han hecho posible, dentro de los límites y matices que los mismos imponen, que nos encontremos por un lado en un momento luminoso pero también contradictorio y a veces avergonzante, por la enorme brecha entre nación y nación, y entre los ciudadanos de un mismo país; lo menos que podemos hacer es dar amor y comprensión a quienes más lo necesitan.
El autor es Viceministro de Salud.