Annabelle Sánchez Duarte
Ha sido realmente emotivo ver la cantidad de personas que querían pasar unos minutos cerca de la figura imponente del Santo Padre Juan Pablo II. Las personas entrevistadas en los medios de comunicación considerabann poca cosa la incomodidad, los cambios climáticos, el cansancio, el sueño, el dolor físico, la enfermedad… con tal de conseguir el objetivo que se habían propuesto. Existe una fuerza interior que impulsó esta conducta porque había un imán que les atraía: la solidez de una coherencia de vida que vieron desarrollarse por espacio de 26 años de pontificado.
Sin lugar a dudas, somos millones las personas que admiramos la gran estatura espiritual y humana de nuestro Santo Pontífice: han quedado demostrados los talentos intelectuales y morales de este gigante de la fe que habló sobre todo con sus gestos y su dolor en los últimos momentos de su vida terrena.
A pesar de ciertos detractores, los cuales no soportan el dolor reflejado en el rostro y cuerpo de una persona y consideran sadismo mostrarse al público, para la mayoría de las personas que saben amar el dolor tiene un sentido profundamente purificador y, aceptado y amado, puede conducir a la persona que lo sufre a cimas muy altas en la santidad. Afortunadamente, muchas de las personas que han visto a Karol Wojtyla entregarse hasta el último instante, por amor a Dios y a las almas, se sienten comprometidas con él y de alguna manera quieren agradecerle su paternal generosidad.
“No tengan miedo”. “Abran el corazón a Cristo de par en par”. Estas palabras que Juan Pablo II comunicó al mundo entero allá por octubre de 1978 resuenan ahora en nuestros oídos con una fuerza renovada y ciertamente nos llenan de paz y serenidad a la vez que nos invitan a plantearnos metas altas en nuestras vidas personales.
Es probable que, a medida que vayan leyendo este artículo, muchos pensarán: “Esto no se aplica a mí”. ¿Por qué no? La vida santa de una persona siempre será como un reproche cariñoso ante una vida personal quizá un tanto egoísta o vacía y superficial. En esa Plaza de San Pedro, el día de las exequias de Juan Pablo II, pude distinguir varias pancartas escritas en italiano que decían: “Santo súbito” lo cual equivale a “Santo ¡ya!” De manera que hay mucha gente, joven en su mayoría, pidiendo por aclamación popular la canonización del Santo Padre.
Por contraste, una de las enviadas especiales de la cadena CNN en español hizo una pregunta a su interlocutor, letrado en estos asuntos: “¿Por qué entre tanta gente que aclama y pide la canonización de Juan Pablo II y viene a rendirle un último tributo, hay tantos que no practican su religión católica?” He aquí el detalle. Es muy común en nuestro tiempo vivir una doble vida y quedarnos tranquilos porque ciertamente hacemos buenas acciones y somos solidarios con nuestro prójimo. Sin embargo, ¿cómo compaginamos esta vida externa con la vida interior de unión con Dios? Sólo así podremos realmente llegar a tener la vida coherente que nos atrajo y nos sigue atrayendo en Juan Pablo II, el Grande.
Coherencia de vida. Consistencia en lo que pensamos, decimos y actuamos. Por eso nos atrae tanto la figura de nuestro Papa santo y por eso millones de personas en todo el universo estamos llorando su muerte a la par que tenemos un corazón agradecido porque Dios nos dio ese regalo extraordinario, porque él nos amó de verdad… para que le imitemos.
La autora es doctora en pedagogía.