- Sus hijos asaltaron un banco en Monteverde, Costa Rica
Tatiana Rothschuh AndinoCORRESPONSAL/RIO SAN JUAN
Nos observa con frialdad y en ese rostro con rasgos de mujer indígena, endurecido por las calamidades y ahora por el dolor reprimido, atisba la esperanza de poder dar cristiana sepultura a dos de sus hijos muertos en el asalto que tres de ellos protagonizaron en el banco costarricense de Monteverde, el pasado mes de marzo.
Doña María Albertina Martínez Cruz, de 50 años, está resignada. Entre las vetustas tablas que componen su ranchito en la comunidad riosanjuaneña de La Ñoca, fronteriza con Costa Rica, declara: “No tengo plata para moverme de aquí, ni siquiera para curarme de mi enfermedad”.
La señora sufría de una hepatitis y fue dada de alta en un hospital del Cantón de Los Chiles, cuando los periodistas ticos llegaron a informarle sobre la acción delictiva cometida por tres de sus hijos.
“Yo decía son díceres, pueden ser otros”, sostiene.
Erly Martínez Hurtado, de 24 años, sobrevivió y purga cárcel. “Me dijeron que me llevaban donde él, pero yo no me tanteaba a andar, tenía la canilla hinchadísima”.
Recuerda haber visto a Erly por última vez en el pasado verano, y de los otros dos sabía que vivían y trabajaban en Alajuela, Costa Rica.
Los cadáveres de Antonio Ajenor Hurtado, de 33 años, y Santos Maryori Martínez, de 20, podrían ser entregados a una escuela de medicina costarricense para prácticas de laboratorio. Esta noticia no inmutó a esta sufrida madre.
“Lo que está hecho no hay deshecho. ¿Qué se va a hacer? Se aflige el que lo hace”, dijo fríamente.
Al responder a nuestras preguntas, sus ojos se humedecieron sólo cuando se remontó a la niñez de sus hijos y al futuro promisorio que se imaginó cuando hace tres años decidió vender sus tierritas en El Gigantillo, comunidad del municipio segoviano de Wiwilí, para comprar 10 manzanas en esa lejana zona de La Ñoca, hasta donde el equipo de LA PRENSA llegó tras recorrer a pie unos seis kilómetros desde el río San Juan.
Su rancho dista a unos 20 minutos de la frontera costarricense, donde doña María Albertina vive con sus dos hijos más pequeños: Yael y Nolvin Martínez, de 16 y 17 años respectivamente, y dice que le asalta la idea de abandonar esas tierras, pues siente temor de que haya venganza contra ella y sus hijos por lo que hicieron sus otros tres vástagos, aunque aclara que “nadie nos ha molestado”.
CARTA AL CENIDH
Doña María Albertina envió una carta a la doctora Vilma Núñez, presidenta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), expresando su sufrimiento y “la pena moral que me embarga por lo que hicieron mis hijos, y desde mi humilde chocita ubicada en La Ñoca elevo oraciones para que encuentren el perdón”.
Doña María Albertina afirma que “aunque hayan cometido un delito tengo derecho a que me entreguen sus restos, por lo que le pido que interceda ante las autoridades nicaragüenses para que me entreguen los dos cadáveres”.
“Tampoco he podido ver a mi hijo Erly Hurtado, desde que fue encarcelado. Le pido que constate el estado en que se encuentra y el respeto a sus derechos humanos”, añade.
En la humilde vivienda de doña María Albertina hay una cartulina que semeja una lápida en la que se lee: “8 de marzo, martes, murió Antonio Ejenor y Santos Maryoris, que descansen em pas”.