Joaquín Absalón Pastora
Durante el reinado espiritual y político de Juan Pablo Segundo, la primacía fue el atuendo que lo vistió mejor. Montó “mar adentro” la nave mística con los oídos abiertos a los vientos del tiempo.
Por primera vez un Papa pidió perdón. El acto frente al Muro de las Lamentaciones merece mencionarse una vez más sobre otros tantos de humilde estirpe. ¿Quién lo liberó de la carga? ¿Dios? ¿El género humano? Lo usual ha sido que sean los representantes de la Iglesia Católica los otorgantes de esa misericordia.
Siempre quiso salvar a la Iglesia, sostener y elevar su prestigio estropeado por la insubordinación de pederastas contra quienes asumió posiciones categóricas yendo decoroso en la ruta al tercer milenio en el cual se quiere olvidar la estructura diaconal de la institución primitiva basada en sentir arrogancia y lástima caritativa.
Por primera vez un Papa en la sinagoga, en la Casa Blanca, hablando ante las multitudes musulmanas, invitando al gran rabino de Israel, besando arrodillado las tierras distantes o, baleado, perdonando a su victimario aunque éste haya motivado “el comienzo del fin” de la decadencia de su salud.
Incontables son las tradiciones rotas por su modalidad transformadora aún siendo conservador en teología, pero al otro lado en su espiral de contrastes, liberal en política. A Juan Pablo II se le atribuyen “frases célebres” como “deuda eterna” y “capitalismo salvaje”.
Recuerdo que desde 1999 comenzó a llover la tristeza en el mundo sobre su salud. Desde esos tiempos hacía calistenia la premonición del retiro. Sin embargo de ese año acá salieron siempre a la luz frondosas y renovadas energías, vistas y sentidas hasta el final en que le cupo al indicado decir que había retornado al hogar del Señor.
Desde su dominio decidió conocer otros mundos para iniciar un período fortalecido por la comprobación personal.
La única vez que vi su rostro, privilegio casual e inolvidable, más inolvidable cuando muere, fue en San Francisco, California, donde me encontraba visitando a mi madre felizmente viva. Fue en septiembre de 1987. No tuve la suerte de verlo en ninguna de sus dos estancias en Nicaragua.
El Papa asumía los riesgos. Si aquí se le gritó pidiéndole paz en nombre del terror, en esa ocasión una manifestación de homosexuales le faltó al respeto al ponerse ellos la mitra y la sotana blanca. El inmoral alboroto producto del decadentismo al cual vigorosamente se opuso, partió en señal de advertencia de uno de los barrios diseñados para la ambivalencia. Dentro de ese ambiente ruborizante para un parroquiano normal, vi pasar desde una acera aglomerada al Papa, quién —desde luego— no le concedió ninguna importancia a los rótulos que le sugerían: “Papa hacéte homosexual por la paz y la felicidad”.
Quise ir a misa en San Francisco. Había que disponer de un tique para entrar. No tenía la menor posibilidad de adquirirlo. Para ser testigo de la deslumbrante liturgia, en el colmo de la comercialización contra la cual se pronunció una vez frente al rostro del propio Clinton, se imponía reservar meses antes, porque estar ahí justificaba las mismas tramitaciones de un boleto teatral.
La homilía oída en TV fue admirable y restauradora. “Cristo es anglo e hispano. Cristo es chino y es negro. Cristo es vietnamita e irlandés, es coreano e italiano”. La pluralidad étnica le aplaudió con palmas automáticas.
Y de acuerdo a esa línea universal el próximo Papa ¿de dónde será y cómo será? Temprano para saberlo, pero hay una irrebatible soltura de presunciones y de cálculos religiosos, políticos y económicos. La idea de un Papa norteamericano parece descabellada, más confiable pensar en un Cardenal del tercer mundo, de América Latina o de África donde la Iglesia Católica ha multiplicado su militancia. De donde sea, lo más probable es que obedezca a los intereses del conservadurismo vaticano a partir de la doctrina firmemente sostenida en los 26 años de reinado de Juan Pablo Segundo, líder moral de la humanidad viviente.
El autor es periodista