El sueño africano de Juan Pablo II

Edwin Somarriba

El gran sueño de Juan Pablo II es que el futuro de la Iglesia Católica está en África y numéricamente tenía mucha razón. La religión de más rápido crecimiento en África es por cierto el cristianismo, él pudo ver que hay gente que son partes de la Iglesia indefinidamente y los templos tienen su capacidad totalmente colmada.

Con la cantidad de católicos elevándose al doble de cincuenta a cien millones y aún más conversos potenciales, dijo el Papa: “Cada uno de ustedes ha recibido el llamado del Señor, para ser sacerdotes” y nombró localmente a 17 cardenales y 116 obispos.

África, una tierra sin tiempo, donde la alegría de un pueblo ha sido traicionada a menudo por dirigentes corruptos, conflictos tribales, docenas de guerras civiles, para muchos occidentales, África es un continente simplemente caído del mapa, pero no lo fue para Juan Palo II.

África con 128 millones de habitantes, nación donde llegó el Papa en 1998, a los que llevó un mensaje de paz, cincuenta por ciento cristianos y el restante musulmanes.

Lo que Juan Pablo II entendía es que en el mundo de la política cada viaje era una especie de bien de cambio, un producto de trueque, una oportunidad para realizar un cambio.

No hay político que no quisiera tener la oportunidad de haber estado en su propio terreno junto al Papa, recibiendo una señal implícita de aprobación. Entonces había una especie de “quid-proquo”: el trato es que yo estaré de pie junto a usted y permitiré que las cámaras tomen cantidad de imágenes para permitir que vayan a los medios.

Pero querré asegurarme, realizar el tiempo de Reformas que creo que su sociedad necesita. Eso fue exactamente lo que sucedió cuando el Papa se encontró con otro legendario hombre, Fidel Castro, la verdadera acción ocurrió tras bastidores.

A cambio de su visita el Papa ganó la liberación de más de cien prisioneros políticos y la promesa de Fidel de permitir misas televisadas por toda Cuba. Sin embargo unas semanas después algunas reformas fueron revocadas y algunos prisioneros regresaron a las cárceles.

Durante los años ochenta algunos sacerdotes católicos se involucraron en la llamada Teología de la Liberación, poniéndose al lado de los pobres en contra de los Estados totalitarios.

El Papa tenía una visión diferente. Sin jamás temer a la controversia, llegó a Managua, Nicaragua, en 1983, vio con escepticismo al nuevo Gobierno de aquel entonces, él estaba seguro de que la religión y la revolución armada no se mezclaban.

Varios sacerdotes, incluyendo a Ernesto Cardenal, no veían contradicción alguna. Cardenal, Ministro de Cultura, al acercarse al Papa se arrodilló esperando besar el anillo. El Papa en cambio retiró sus manos y le agitó dos dedos acusadores, diciéndole: “Primero debes aclarar tu situación con la Iglesia”. El padre Cardenal dijo: “Sí, sí, Santo Padre lo haré”.

¿Por qué estaba bien luchar contra los dictadores en Europa Oriental y no en Latinoamérica. Para el Papa la razón era muy simple, creció bajo el comunismo, veía a los marxistas como tiranos y no como liberadores.

Él veía a la gente de Nicaragua como nuevos oprimidos. Pero muchos en Nicaragua se veían como nuevos liberados. El Papa pidió tres veces silencio al pueblo, fue un momento muy tenso. El Papa dijo: “La Primera que quiere la paz es la Iglesia”.

En cierto modo se podría decir que Juan Pablo II y el gobernante de los años ochenta representaban las dos opciones de resistencia contra los Estados represores de Latinoamérica, durante los años setenta y ochenta, una de ellas religiosas y cultural, y la otra opción política y militar.

Al final el Papa sintió que la historia estaba demostrando que fue él y no el gobernante de aquel momento quien tenía la razón. Acertado o no, muy pronto Juan Pablo II se encontraría en medio de otra crisis, la más implacable del mundo. Es una de las regiones más violentas de la tierra, un desierto de cicatrices de batallas que han durado siglos.

Medio Oriente frustró los mejores esfuerzos de los diplomáticos más experimentados del mundo, pero sería aquí donde el Papa contribuiría con una de sus gestiones más poderosas. El Papa poseía una habilidad casi única en el panorama geopolítico y su gran don es que sabía escuchar.

Él escuchaba muy atentamente, de los nueve títulos del Papa el que más le quedó mejor fue el de Pontífice Máximo, constructor de puentes, y eso fue lo que intentó hacer en un viaje muy preparado y a menudo postergado a Medio Oriente.

En una ocasión le preguntaron: “¿Cree usted que es posible una Santa Alianza con cristianos, musulmanes y judíos para solucionar los problemas del mundo?” Y él contestó: “Debería ser posible, debemos buscarla por todos los medios, usted ve que muchos papas dirigían sus Encíclicas no sólo a católicos y cristianos sino a todo hombre de buena voluntad”.

Un papa que sueña.

El autor es periodista, licenciado en Ciencias Jurídicas, Políticas y Diplomacias, Relacionista Público de la Asociación de Defensa del Consumidor de Masaya, Acodema.

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