Juan Pablo II, un regalo al mundo

Ligia Chamorro Cardenal

A las 20 horas de Roma, Italia, del día sábado, Octava de la Resurrección, en la habitación del Santo Padre, Juan Pablo II, al lado de su lecho de muerte se inició la celebración de la Santa Misa de la Divina Misericordia.

La Santa Misa de la Divina Misericordia fue presidida por Monseñor Stanislao Dziwisz, su secretario privado y compatriota.

Lo rodeaban otros hijos queridos de su misma patria Polonia.

De esta manera y en ese momento, a las 21:37 horas, voló su alma para unirse con el Amado.

De su misma tierra era también la monja Sor Faustina Kowalska, hoy Santa María Faustina a la que el señor le había revelado la inmensidad de su misericordia y su amor y su amor infinito por los hombres.

Juan Pablo II reabrió el estudio de los escritos de Santa María Faustina Kowalska, que habían sido mal interpretados y relegados al olvido, dando a conocer su incalculable riqueza a todos los fieles.

Al mismo tiempo Su Santidad Juan Pablo II autorizó e hizo suya la devoción a la Sagrada Imagen de Jesús, en la que aparece mostrando su corazón del que salen rayos blancos y rojos representando el agua del Bautismo que purifica, y la sangre que alimenta a los que confían en él.

No por casualidad es que la Divina Providencia escogió este día y éste momento solemne para que su alma partiera.

Fue la Divina Providencia la que también suscitó a este hombre y lo ungió como a los antiguos profetas, para que en su nombre enderezara los caminos del mundo, reafirmando con autoridad suprema la recta doctrina de la Fe, que es inmutable, y los principios morales y éticos con cuya observancia se hace posible el camino a la eterna felicidad y también para mostrar su compasión a los oprimidos y liberar a los cautivos.

Desde el momento de su nacimiento fue consagrado a la Virgen María, por su madre que pidió a la que la atendía en el parto que abriera las ventanas para que el primer grito del niño subiera al cielo en homenaje a la Madona, como una oración.

Él, durante toda su vida, confirmó esa consagración.

Después del atentado que estuvo a punto de quitarle la vida, y que por un especial favor de la Santa Virgen se frustró, Su Santidad el Papa Juan Pablo IIconsagró a Rusia al Corazón Inmaculado de María.

Así se lo había pedido Ella a los niños en Fátima hacía 70 años y los tres papas anteriores no habían cumplido.

Ella, para retribuir esta fidelidad, consiguió del Todopoderoso para su hijo predilecto, una gracia especial de oración, desde niño, una inteligencia privilegiada, una sensibilidad de poeta, una fe profunda y firme, y una dulzura de Buen Pastor, para que se asemejara a su hijo Jesús.

Por eso Juan Pablo II no se cansó nunca de caminar por todos los caminos del orbe, aunque fuera cargando la pesada cruz de su enfermedad, reconciliando a los hombres de buena voluntad, anunciando de nuevo el amor y la misericordia del Altísimo.

La autora es creyente católica

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