David Ocón
Estos dos términos opuestos requieren del concepto espacio, ámbito o lugar donde se despliega la conducta humana y sus manifestaciones sociales e individuales. En su acepción más amplia la palabra hábitat engloba a las personas con su entorno físico y social.
Entre el espacio privado por excelencia: la vivienda y el público: la calle, se producen intervalos, secuencias espaciales que paulatinamente los conectan según el rango social o poder adquisitivo de los usuarios.
En escala descendente, de más a menos, en los estratos altos aparece a partir de la calle, el muro con portón, la caseta del guarda, las áreas ajardinadas, el porche, la terraza, el vestíbulo, la sala de reunión social, el estar familiar como precedente de las recámaras, sitio donde se logra la privacidad absoluta.
En el otro extremo, para las clases marginadas, las llamadas grandes mayorías urbanas, entre la calle y su vivienda no existe transición alguna, el débil elemento puerta, permite la irrupción total en un espacio indiviso de estar, comer y dormir, área “multifuncional”, obvio que no por intenciones de diseño, sino como única solución posible a ingresos económicos de mera subsistencia. Esta fragilidad física es aprovechada de manera flagrante por algunos comunicadores de diversos medios, que los invaden con sus cámaras para hacer noticia obteniendo la materia prima de su trabajo a expensas de los ciudadanos desprotegidos y expuestos.
La expresión: “estar en la calle”, corresponde literalmente a una situación donde la miseria propicia con extrema facilidad el salto, más bien el asalto del espacio público al privado. Con la pobreza puede hacerse casi todo: publicidad para candidatas a misses dizque ansiosas por practicar la caridad, discursos demagógicos de cualquier tendencia partidaria enunciando promesas, excelentes documentales ganadores de premios internacionales, estudios, diagnósticos y análisis que justifican altísimos honorarios a consultores especialistas, en fin es enorme la cantidad de productos derivados y/o elaborados a partir de los pobres y sus vidas, el que real o concretamente sirvan para cambiarlas son otros cien pesos, porque de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno.
Pero hoy en nuestra realidad cotidiana, el abordaje de la pobreza como espectáculo gana terreno en los horarios televisivos de mayor audiencia y se le explota en forma alarmante, con su violencia y expresiones varias, exhibiéndola gratuitamente sin ningún recato, como un recurso más de diversión y lucro.
Aquí no se trata de una exposición crítica, reflexiva o histórica del hecho cruento como nuestros grandes escritores en Sangre santa y Te dio miedo la sangre han narrado, sino de su presentación burda, ramplona, sin pretender ningún contenido más que el de la excitación morbosa de la curiosidad de los receptores. De modo que el mensaje directo emitido, explicita que la población marginada no tiene derecho a la intimidad, que su espacio privado puede ser violado por el poder que una cámara o aparato registrador de imágenes y sonidos, procura al que lo manipula. Si se arguye que éste es su trabajo, su medio de vida, también bajo esa óptica igual puede decirse de un carterista de ruta urbana.
A la postre resulta muy fácil meterse en la intimidad de un barrio paupérrimo porque no tiene urbanismo ni arquitectura que la preserve, proteja o resguarde, pero sí existe y debe demandarse con urgencia mantener el debido respeto, la consideración al individuo, independiente de su condición o grado de vulnerabilidad.
El autor es arquitecto