Edgard Rodríguez C.
Después de varias semanas de debates y acusaciones sobre el uso de esteroides, que no sólo sentaron al beisbol en el Congreso, sino que le afectaron severamente su credibilidad, al fin, el juego en sí ha vuelto a ser el hecho más importante.
Los esteroides, aunque siguen convertidos en enemigos terribles, de momento han dejado de acaparar toda la atención, mientras aficionados y críticos han vuelto a hacer sus cálculos y proyecciones sobre esta joven temporada.
El play ball apenas acaba de escucharse, pero en Boston ya captaron el tenebroso mensaje que los Yanquis les han enviado con el látigo zurdo de Randy Johnson, y el bate y guante de Hideki Matsui.
En Nueva York, los Mets ya se han percatado de que podría faltarles algo más que el cañón agitado de Carlos Beltrán y la carabina bien aceitada de Pedro Martínez para salir de la mediocridad.
Pero también, Dmitri Young se ha comportado al estilo de Mark McGwire en sus mejores días, al despachar tres cuadrangulares en el partido inaugural ante los Royals de Kansas City.
Los Filis han ganado ante su gente en la apertura y aunque un juego podría no ser el trayecto más adecuado para calibrar un club, en la ciudad del amor fraternal creen haber dado el primer paso hacia algo grande.
Hay tanto a que referirse tras las primeras dos jornadas, que ni siquiera el castigo al cubano Alex Sánchez —quien dio positivo en la prueba antiesteroides— ha hecho mucho ruido.
Por ahora, el juego ha vuelto a ser situado en el lugar que le corresponde: el terreno de juego. Y aunque el estigma de los esteroides estará siempre visible, al menos ha iniciado la tarea de recobrar su prestigio.
Apenas han pasado dos días y ya hemos apreciado la potencia de los Yanquis, las dudas que emergen en los Mets y la esperanza que florece en Filadelfia.
El beisbol ha regresado pisando fuerte los terrenos de juego. ¡Qué bueno!