- La libertad no exime de responsabilidades, sostuvo Juan Pablo II
Víctor L. SimpsonAP
CIUDAD DEL VATICANO.- No acallado el regocijo que le causó el desplome del comunismo, el Papa Juan Pablo II se apresuró a advertir que la libertad no exime de responsabilidades.
Después de predicar durante años contra las tentaciones del hedonismo en las sociedades de consumo de Occidente, el Pontífice se lamentó de que muchos europeos orientales al recobrar su libertad –incluyendo sus compatriotas polacos– se sintieran atraídos inmediatamente a ese mismo modelo condenable.
El Papa solía objetar que los católicos en Occidente desafiaran las enseñanzas de su Iglesia con una actitud selectiva, escogiendo qué principios debían seguir de su religión y cuáles no.
Al comienzo de su papado, Juan Pablo se decepcionó cuando los italianos desoyeron sus exhortaciones y frustraron los intentos de la Iglesia por oponerse a la ley del aborto.
Durante una visita a Polonia en 1997 se preguntó por el futuro de una sociedad que mata a sus propios niños. “Créanme, para mí no fue fácil decir eso, pensando especialmente en mi propio país”, acotó.
Otra de sus desilusiones ocurrió avanzado su pontificado: el escándalo de abusos sexuales que estremeció a la Iglesia en Estados Unidos.
Juan Pablo tomó la medida extraordinaria de convocar a los cardenales estadounidenses al Vaticano en el 2002 y les advirtió en términos inequívocos que en el sacerdocio y la vida religiosa no hay cabida para quienes lastiman a los niños.
Luego ofreció a las víctimas su profundo sentido de solidaridad y pesar.
Los historiadores le acreditan haber contribuido a desencadenar las fuerzas que soltaron las garras soviéticas en Europa Oriental. Pero la conmoción del cambio obstaculizó otro objetivo: el acercamiento a la Iglesia Ortodoxa.
Las acusaciones de los ortodoxos de que los misioneros católicos —que de pronto se veían sin trabas— se inmiscuían en su territorio, y los intentos de los católicos por recuperar propiedades eclesiásticas confiscadas frustraron los esfuerzos por convenir una entrevista entre el Papa y el patriarca ortodoxo ruso, que habría sido la primera desde el Gran Cisma de 1054.
Esa histórica reunión pudo haber sentado las bases para lograr otro objetivo de Juan Pablo: una visita a Moscú, uno de los pocos lugares que nunca visitó el Papa más viajero de la historia. Fue invitado por el entonces líder soviético Mijail Gorbachov cuando éste visitó el Vaticano en 1989, pero las condiciones nunca parecieron propicias.
China fue otro país que nunca pudo visitar. El Gobierno comunista se negó a reconocer la autoridad papal y exigió que el Vaticano rompiese relaciones con Taiwán como requisito para mejorar sus vínculos.
La diplomacia viajera de Juan Pablo logró evitar una guerra entre Argentina y Chile en los años 80. Pero no ejerció la misma influencia en los conflictos de Bosnia-Herzegovina y la invasión de Irak, cuando sus exhortaciones pacifistas cayeron en oídos sordos.