Significación del pasado en la filosofía de la historia de Hegel

Alejandro Serrano Caldera

“Las estatuas son ahora cadáveres de las que se ha esfumado la vida; los himnos son ahora palabras de las que ha huido la fe”. (G. F. Hegel)

Entre 1822 y 1831, Hegel impartió y escribió su curso en la Universidad de Berlín, titulado Lecciones sobre la filosofía de la Historia Universal. Esta obra, probablemente la más importante que sobre el tema se haya escrito, establece, además, por primera vez, la existencia de una filosofía de la historia.

A partir del debate con los historiadores alemanes, Hegel plantea en sus cursos las preguntas fundamentales: ¿Tiene la historia una filosofía? ¿tiene la historia una racionalidad? ¿tiene la historia una necesidad?

Hegel responde que la historia tiene un sentido y una dirección, una razón de ser y una necesidad y las cosas ocurren en la historia porque deben ocurrir, porque hay una lógica infalible y no porque sean hijas de la casualidad y del azar.

Discrepamos de Hegel en este punto, pues la historia no es el desarrollo de una lógica infalible, ni responde a una necesidad inevitable, sino que es fruto de la libertad, voluntad y razón de los seres humanos que, bien o mal, establecen los fines y objetivos de la historia y los medios para alcanzarlos.

Desde otro punto de vista que compartimos, la idea de Hegel consiste fundamentalmente en dos cosas: la primera afirma que los hechos ocurren en la historia debido a un tejido determinado de causas que van del pasado al presente; y la segunda sostiene que el pasado no es el cementerio de los acontecimientos por siempre fenecidos, sino una experiencia viva en el presente, fruto inevitable de lo ocurrido en el pretérito.

Por lo primero se impone reconstruir los hechos que están en los textos de historia y en las narraciones, dándoles el sentido, intención y dirección que no se desprende de la simple descripción cronológica de lo acontecido; por lo segundo se exige al filósofo establecer entre ellos las múltiples conexiones, influencias recíprocas y jerarquías que determinan su movimiento progresivo en el tiempo y en el espacio.

De acuerdo a esta tesis, todo presente lleva en sí invariablemente su propio pasado. El presente está construido siempre con el tejido del pretérito. Este hecho, esencial a la filosofía de la historia, significa, no obstante, un proceso por el cual sólo se puede avanzar en la historia conservando el pasado, pero, al mismo tiempo es necesario decir que éste sólo se puede conservar en la medida en que deja de ser lo que fue y se supera a sí mismo al transformarse.

El concepto superación, aupheben, clave en la filosofía de la historia de Hegel, significa aquello que se conserva al transformarse, que necesariamente sólo se conserva transformándose. En la filosofía de la historia, el desarrollo dialéctico del pensamiento filosófico es un movimiento de asimilación y superación, pues de lo contrario, recuerda Leopoldo Zea, “el pasado, si no es plenamente asimilado, se hace siempre presente”.

Como agudamente apunta Ortega y Gasset, “en historia toda superación implica una asimilación: hay que tragarse lo que se va a superar, llevar dentro de nosotros precisamente lo que queremos abandonar. En la vida del espíritu sólo se supera lo que se conserva, como el tercer peldaño supera a los dos primeros, porque los conserva bajo sí. En cuanto estos desapareciesen, el tercer peldaño caerá a no ser sino primero… Al revés que en la vida de los cuerpos, en la vida del espíritu las ideas nuevas, las ideas hijas llevan en el vientre a sus madres”.

“La historia, dice siempre Ortega y Gasset, no es sólo ver, es pensar lo visto”. Es hecho y razón, facto y logos, como enseña Hegel, y por tanto, es la reconstrucción racional del contexto en el cual se produjeron determinados acontecimientos.

Se trata de constatar no únicamente el hecho, sino el medio en el que tal hecho se produjo. Es decir, el conjunto de valores, principios y de ideas vitales que forman la cultura de un grupo humano determinado en un momento también determinado de su historia. Sólo así el acontecimiento cobra su verdadero sentido y permite establecer hasta qué punto los elementos que lo constituyen se han transformado y de qué manera lo han hecho, para dar cuerpo al tejido de relaciones sociales que forman la realidad del presente.

El pasado es necesario pero sólo como tal, es decir como pasado que fue presente pero que ya no es, que existió pero que ya no existe como antes, sino asimilado y transformado en las categorías nuevas que partiendo de él y conteniéndolo superado dan cuerpo a la realidad de hoy. Es la forma de evitar que el pasado se vuelva presente, pues quien lo suprime está condenado a repetirlo. La única forma, pues, de evitar que el presente esté en el pasado, es haciendo que, superado, el pasado esté en el presente.

Como el Quijote hay que tragarse el pasado y asimilarlo para poder abrir las puertas del futuro. De lo contrario la historia será un diálogo con el espejo, o más bien, un monólogo consigo mismo en el que el reflejo nos devuelve las mismas palabras y los mismos gestos.

La historia, entonces, no es la visión de un pasado que se repite en el presente. Cuando esto ocurre, la historia no es más historia, sino una imagen muerta reflejada en el espejo del tiempo. Un poco de eso es lo que ocurre en Nicaragua. El pasado no asimilado se nos ha vuelto presente. Seguimos siendo pobres en un país rico; el mundo real sigue desmintiendo el mundo formal que proclama la Constitución; los caudillos son otros pero el caudillismo es el mismo y la cultura política del siglo XXI parece hundir cada vez más sus raíces en las sombras del siglo XIX y en las partes más oscuras del siglo XX.

“La historia, dice Leopoldo Zea, no la componen los puros hechos, sino la conciencia que se tenga de ellos”. Esa conciencia es la que da al ser humano su condición de humanidad. El hombre, dice Hegel, no tiene naturaleza sino historia, pues la naturaleza del hombre es la historia.

Lo cierto es que para el filósofo es fundamental relacionar sin mutilar todos los componentes, procurando identificar los factores principales que inciden en la formación de lo que podríamos llamar la sustancia de una época. Sólo así el pasado cobra sentido y deja de ser, como decía Hegel, los despojos de ruinas egregias, ante cuya presencia todo caminante ha sufrido esa melancolía.

De esa forma, el pasado dejará de ser un cementerio de ciudades mutiladas por el tiempo, de estatuas rotas y de doctrinas congeladas, para devenir lo que debe ser, vida que palpita en otras vidas, antiguas formas que se expresan en otras formas renovadas, como la imagen del hijo que nos hace recordar algunas veces, una mirada, un gesto, una sonrisa del padre o de la madre ya desaparecidos.

El autor es filósofo nicaragüense.

Editorial
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