Eduardo Enríquez
Cuando don Enrique Bolaños tomó posesión el 10 de enero del 2002, se encontró con un regalito de Arnoldo Alemán; éste le había pedido a la distribuidora de energía, Unión Fenosa, que realizara su incremento tarifario el 11 de enero, y ese incremento era nada menos que del 30 por ciento.
Eso obligó a Bolaños a salir disparado hacia Madrid a negociar con la empresa. Consiguió una moratoria de seis meses y luego se logró que el incremento fuera de sólo ocho por ciento.
Para entonces escribí una columna en la que decía que ese cuento del incremento tarifario sería de nunca acabar, porque los incrementos se dan debido a las alzas en el precio del petróleo y porque Nicaragua depende en un 80 por ciento de su generación del derivado llamado búnker.
La única manera de resolver eso es explotar la capacidad de Nicaragua de generar energía renovable —hidroeléctrica, geotérmica, eólica—, una capacidad que según el reportaje de ayer en LA PRENSA es seis veces la demanda actual.
Eso fue hace ya casi tres años, pero ahora, con el petróleo por encima de los 50 dólares y el galón de combustible llegando a los 50 córdobas, todavía no tenemos un solo nuevo proyecto de generación de energía renovable.
Y no se tiene porque hoy, igual que hace tres años e igual que hace 15 que fue cuando se debió comenzar a trabajar en esto, no existen leyes ni reglamentos que fomenten la inversión en este tipo de generación. Y cuando hubo interés en comprar la generadora Hidrogesa, los diputados aprobaron una ley para bloquear la venta.
Hace 15 años se comenzó a resolver la profunda crisis energética en que el sandinismo había dejado el país, con constantes apagones y capacidad mínima de generación. Para entonces se abrieron las puertas a las generadoras térmicas (con búnker), pero ese era sólo un primer paso, había que dar los siguientes pasos para la generación renovable.
Sin embargo, como que si el petróleo siempre iba a costar 15 dólares el barril, nada se hizo después. Es más, se hicieron leyes más bien para desincentivar la generación hidroeléctica pues sólo se permite generar cinco megavatios. Y a las generadoras térmicas se les garantizó contratos de compra por 20 años, con lo que los inversionistas la piensan antes de venir a hacer una gigantesca inversión para la cual no tienen garantía de compra.
Esa miopía de parte de los diputados y los gobernantes es lo que nos tiene en este estado. Tres distintos gobiernos y parlamentos han reformado la Constitución tres veces en 15 años para acomodar sus intereses, pero no han podido aprobar una sola ley que incentive la generación barata de energía.
En situaciones tan claras y fáciles de solucionar como éstas, sólo cabe recordar aquella frase atribuida a Albert Einstein: “Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y tengo mis dudas sobre el universo”.