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El nuevo Arzobispo
Tal como se esperaba, este primero de abril se dio a conocer oficialmente que el Vaticano aceptó la renuncia del cardenal Miguel Obando Bravo como Arzobispo de Managua, y su reemplazo con el obispo de Matagalpa, monseñor Leopoldo Brenes Solórzano, quien asumirá el alto cargo eclesial en el plazo de tres meses a partir del momento en que haya recibido las correspondientes “letras apostólicas”.
La aceptación de la renuncia del cardenal Obando y el nombramiento del nuevo Arzobispo de Managua han estado revestidos de cierta espectacularidad y mucha especulación, debido a que en Nicaragua la política contamina todo lo que ocurre en cualquier esfera de la sociedad, inclusive la religiosa. Pero la renuncia del cardenal Obando al cargo de Arzobispo de la Arquidiócesis de Managua, y la aceptación de su dimisión por parte de la Santa Sede, fue un asunto de mero trámite, como Su Eminencia lo ha dicho en muchas ocasiones.
En realidad, el cardenal Obando tenía que renunciar —y renunció— al cargo de Arzobispo de Managua desde que cumplió 75 años de edad, en febrero del año 2001. Así , lo manda el artículo 401, parte primera, del Código de Derecho Canónico, que a la letra dice: “Al Obispo diocesano que haya cumplido setenta y cinco años de edad se le ruega que presente la renuncia de su oficio al Sumo Pontífice, el cual proveerá teniendo en cuenta todas las circunstancias”.
Esto significa que el Papa no necesariamente acepta la renuncia de manera inmediata, pues “corresponde al Romano Pontífice aceptarla o no, después de ponderar las circunstancias”, según se dice en las notas aclaratorias del Código mencionado. Por lo general, aseguran personas entendidas en asuntos del Vaticano, cuando no hay urgencia para aceptar la renuncia Su Santidad tarda un promedio de tres años en aceptarla, e inclusive más, como en este caso del cardenal Obando, hacia quien Su Santidad Juan Pablo II brindó siempre una especial deferencia. Y seguramento por eso la renuncia le fue aceptada hasta cuatro años y un mes después de haberla puesto.
En cuanto al nuevo Arzobispo, la verdad es que cualquier obispo o sacerdote que reúna los requisitos virtuosos establecidos en el Código de Derecho Canónico, pudo haber sido nombrado. Además, quien quiera que sea debe gozar de la confianza, el cariño y la lealtad del pueblo católico de Nicaragua, así como del respeto de quienes profesan otras religiones o ninguna.
Pero el hecho de que el elegido fuese precisamente monseñor Leopoldo Brenes Solórzano ha llenado de mucha satisfacción y esperanzas a quienes lo conocen personalmente o han seguido de cerca su trayectoria religiosa.
Sin dudas que el pueblo católico de Nicaragua y la ciudadanía en general guardarán por siempre un gran cariño, admiración y agradecimiento hacia el cardenal Miguel Obando, quien durante su ejercicio arzobispal prodigó a la sociedad sus obras humanitarias y su mediación en muchos de los acostumbrados conflictos políticos y sociales de Nicaragua. Pero ahora, al ser nombrado el nuevo Arzobispo y ante la gran necesidad de fortalecimiento espiritual que hay en el país, se espera que el énfasis del ejercicio arzobispal de monseñor Brenes sea más pastoral y menos político.
En Nicaragua se ha convertido en costumbre que los políticos, inclusive o sobre todo los de dudosa y mala reputación, busquen constantemente al Arzobispo de Managua para beneficiarse con su imagen y tratar de manipular en su favor el prestigio moral de la Iglesia Católica. Y al respecto cabe señalar que es comprensible que el jefe de la Iglesia Católica no pueda negarse a recibir a nadie que le pide audiencia, ni a atender algunas invitaciones a eventos políticos. Y como esta práctica ha sido provechosa para los políticos, éstos seguramente tratarán de continuarla con el nuevo Arzobispo de Managua.
Al respecto tal vez sea conveniente que el nuevo Arzobispo considere la posibilidad de nombrar a un capellán de actividades políticas y gubernamentales, que sea quien haga acto de presencia en ellos cuando se requiera la participación eclesial. En todo caso, monseñor Leopoldo Brenes, quien como persona y prelado se ha caracterizado por la firmeza de su fe y por su sabiduría, sabrá decidir con la prudencia debida cómo manejarse en las turbias aguas de la política nicaragüense, y cómo cumplir de la mejor manera posible su sagrada misión arzobispal.